martes, 27 de noviembre de 2012

El mejillón, la cigarra y el vikingo

Vivo a unas cuantas calles del cruce de dos de las avenidas principales de la ciudad. Como es común en estos casos, hay un gran paso a desnivel construído, con un puente por encima y un túnel por debajo. Y como es común en estos casos, hay vagabundos que habitan debajo del puente. Verlos pasar frío en invierno, apenas cubiertos por cartones y periódicos, es algo muy triste.

Cuando visité Escandinavia, una de las cosas que más me llamó la atención es que no hay vagabundos. ¿Y cómo demonios va a haberlos, con los inviernos de 40°C bajo cero que tienen por aquellas latitudes? Si vives en la calle, te mueres, punto.

Ni que fueran vikingos, o algo así.

Comencé a establecer una relación entre el carácter de la gente y el clima en el que viven. Y es que, por lo general (y más allá de los estereotipos), las personas de los países fríos son más disciplinados, serios y calculadores, mientras que las de los países cálidos somos más laxos, despreocupados, de sangre liviana. Más o menos las mismas características aplican a los gobiernos después de todo, los gobernantes también son personas, aunque se esfuercen constantemente por demostrar lo contrario.

Así, en muchos países de inviernos moderados, la pobreza extrema es tolerable porque, aunque la gente viva en la calle, sobrevive de una u otra forma. Viven en la calle y "trabajan" en ella; se mojan en temporada de lluvias y pasan frío en invierno, pero no se mueren. Incluso tienen un fin práctico bastante conveniente: Mantener a la clase media (la que hace todo el trabajo y paga todos los impuestos) asustada y trabajando, so pena de terminar bajo un puente.

En los países con inviernos severos, como los escandinavos, la pobreza extrema no es algo tolerable, porque la gente no sobreviviría. Así, el gobierno tiene programas de asistencia social, donde si no tienes trabajo, ellos te mantienen y te alcanza para vivir, aunque sea modestamente. Al mismo tiempo, esto es posible gracias a que la misma gente es responsable y no adopta una actitud de "pues no voy a trabajar y que me mantenga el gobierno". Esto es gracias a que la gente tiene un buen nivel de educación, lo cual es posible gracias a un gobierno eficiente, compuesto por personas trabajadoras que se encargan de la buena inversión de los impuestos, y así sucesivamente, en un círculo virtuoso. Todo esto, producto de haber tenido que organizarse de manera eficiente desde los albores de la civilización para poder sobrevivir.

No estoy diciendo que los gobiernos de otros países sean perfectos; el ser humano es egoísta por naturaleza y siempre habrá corrupción en cualquier gobierno. Pero me llama la atención que (con sus excepciones y altibajos, claro), mientras más cercano esté un país a algún polo, más eficiente es su gobierno y mayor es su nivel de vida. En América, EUA y Canadá tienen un nivel de vida es más alto que México; Argentina y Chile, mejor que Colombia o Bolivia. En África, los países más desarrollados están al norte y al sur, casualmente alejados del Ecuador. Incluso en la misma Europa, los países con costa en el Mediterráneo, además de estar varios de ellos en crisis económica, tienen un nivel de vida inferior al de Finlandia o Noruega, que tienen territorios más allá del círculo polar. En Islandia, más al norte que el resto, se ha desarrollado una sociedad con un nivel de civilización tal, que los ciudadanos pueden de hecho quitar gobiernos que incurran en prácticas que no le sean convenientes a toda la población.

Recientemente me topé con un mapa indicador del nivel de desarrollo humano por país, la cual es una estadística compuesta que mezcla esperanza de vida, nivel de educación, ingresos monetarios y otros factores (datos del 2011), el cual concuerda con mi tonta hipótesis:

Verde: Bien.
Rojo: Mal.
Negro: Desarrollo es algo malo, ¿no? O sea: DESnutrición, DESempleo, DESarrollo.

En cierta ocasión, fui con amigos a acampar a una playa semivirgen; era enero, y algo de sol siempre cae bien en invierno. Había unos peñascos cerca de la playa, y nadamos hasta ellos, para entonces darnos cuenta de que estaban completamente cubiertos por mejillones. Recolectamos varias decenas de ellos, los llevamos al campamento, y nos dimos un festín con un soberbio ceviche de mejillón. A medio invierno.

No pude evitar pensar en los humanos primitivos de los lugares con climas fríos, organizándose para todos juntos construir refugios y recolectar suficiente comida para medio sobrevivir al invierno, mientras que en los que vivían en climas tropicales sólo tenían que estirar el brazo, tomar la comida disponible en la temporada en turno, y continuar la fiesta. Esto, trasladado al mundo contemporáneo, da como resultado sociedades civilizadas y eficientes de individuos generalmente "fríos" pero racionales y trabajadores, contra sociedades pintorescas y tradicionalistas de individuos generalmente "cálidos" pero perezosos y conformistas.

Es como en la fábula de la hormiga y la cigarra; o al menos, como debería ser si de pronto nos pusiéramos un poco realistas:

- ¡Tú, saltamontes perezoso! ¿Por qué no estás almacenando comida? ¿Acaso no sabes que ya viene el invierno?
(Eso último me recordó a la serie de Juego de Tronos, seguramente la hormiga es una Stark).

- ¡Por supuesto que lo sé! Sólo que los huevos de mi especie sobreviven al invierno, así que pasé el verano poniendo cientos de ellos. Mi gloriosa progenie emergerá con el primer atisbo de la primavera para ALIMENTARSE. Lo que realmente deberías estar preguntándome, es dónde carajos obtuve este pequeño violín.

La caricatura cobra un tinte aún más irónico si nos ponemos a ver que es precisamente en los países más cálidos y menos desarrollados donde los índices de aumento de población son mayores.

Recuerdo que en años pasados, la temporada de frío propiamente dicho empezaba aquí en México hasta finales de año; mientras que este año, empezó desde principios de noviembre. Eso es un claro indicio de que estamos jodiendo el clima cada vez más. ¿Y por qué? Pues porque ni nuestros neoliberales gobiernos ni a nuestra laxa gente les importa nada que no sea el dinero, y el cuidado del medio ambiente pasa a tener una de las últimas fichas en la larga lista de prioridades de ambos.

De seguir así las cosas (y podemos estar seguros de que así será, por lo menos los próximos seis años), el año que viene estaremos sintiendo un frío considerable ya para septiembre. En pocos años, con suerte durante el sexenio que comienza, los puentes proporcionarán cobijo insuficiente y todos los vagabundos estarán en riesgo de morir de frío, y entonces el gobierno se verá obligado a iniciar programas de asistencia social iguales a los de los países escandinavos para que la gente ya no se muera, iniciando así el círculo virtuoso que llevará a México a ser un país desarrollado. Definitivamente nuestro neoliberal gobierno y nuestra gente bonita, trabajando juntos, nos llevarán al Primer Mundo. Nuestros gobernantes son unos visionarios, sí señor.

martes, 25 de septiembre de 2012

Perro que no sale a la calle, no encuentra hueso

Vivo en una colonia de contrastes. Si uno camina una cuadra desde los multifamiliares donde vivo, se topa con casas grandes y lujosas; y entre esas casonas, de repente se encuentra uno con terrenos baldíos donde vive gente en cobertizos. Me agrada esta diversidad, porque me ayuda a ver las ventajas que tiene cada tipo de vivienda: Las casas grandes tienen patio, y algunas alberca; en los departamentos como el mío, no tenemos banqueta para barrer cada mañana; y a los cobertizos de baldío, no llegan los testigos de Jehová.

Fue de uno de estos baldíos habitados de donde un buen día salió Junkie. Iba yo rumbo a la oficina, por mi camino de diario, cuando el poodle cruzado con callejero, sucio y descuidado, me empezó a seguir, así, sin más. Las primeras dos cuadras se me hizo curioso. Cuando cruzó hábilmente la primera avenida con tal de seguirme, comencé a sospechar de sus intenciones.


Tengo hambre y seguramente con este flacucho huesos de pollo sí puedo.
Traté de espantarlo para que regresara a su hogar, sin éxito. Entonces recurrí a Ruperto, el viejo border collie que diario está ahí sacando su cabeza a través del cancel de una casa, mirando nostálgicamente hacia el exterior, y que es mi "amigo de pasada": Paso a diario por ahí, le doy unas palmadas en su cabeza, y él me lame la mano. Pero Ruperto es demasiado amigable como para espantar a nadie, y el perrito siguió tras de mí, así que entonces procedí a seguir mi costumbre de inventarme nombres para las mascotas ajenas, y lo llamé Junkie, por tener ese aire despreocupado de quienes consumen drogas suaves regularmente.

Contrario a los que consumen drogas fuertes.
Junkie me siguió un total de tres kilómetros, hasta la puerta de mi oficina. Entré, sin dejar que me siguiera más, y jamás volví a saber de él. Aún me pregunto qué fue de su vida. Cada que paso por el cobertizo de donde salió, volteo con cierta esperanza de verlo nuevamente, pero es evidente que jamás regresó. Tal vez encontró otro hogar; tal vez continuó siguiendo a gente extraña y ahora ya anda por Tijuana, buscando la manera de cruzar la frontera; tal vez se perdió buscando el camino de regreso, o tal vez murió atropellado.

Sentiría algo de culpa, de no ser porque estoy seguro de que, de una manera u otra, es (o fue) feliz. Él era un perro libre, y contrario a los humanos, creo que los perros verdaderamente disfrutan de su libertad.

Dos cosas son mi máximo: Andar en moto, y poder decirles "súbete, perra" sin que se ofendan.
Y es que la libertad en términos caninos es meramente física. Ruperto, por ejemplo, es un prisionero. Seguramente no le falta nada: La casa donde vive es grande y se ve que sus amos tienen dinero suficiente para alimentarlo bien, y con suerte también disponen del suficiente tiempo libre para sacarlo diario a pasear (con correa, por supuesto); vamos, quizá hasta lo lleven al campo de cuando en cuando. Pero si algún día lograra saltar la cerca hacia la calle, lo cual parece estar añorando todo el tiempo, sus amos seguramente saldrían de inmediato a buscarlo; y de no encontrarlo, pegarían carteles con su foto (y con su nombre real, que seguramente no es Ruperto); y jamás les pasará por la cabeza el que, tal vez si lo hubieran dejado conocer la colonia libremente, no se habría perdido, en primer lugar.

Junkie está en el extremo opuesto: Sucio y descuidado, no tan bien alimentado (aunque seguramente en la basura de los vecinos ricachones encuentra cosas suculentas), pero libre de ir y venir a su antojo, al grado de poder seguir al primer extraño con buena vibra (o con olor a gato, aún no decido qué le atrajo de mí) que pase por ahí, y capaz de adaptarse y sobrevivir en un nuevo entorno en caso de perderse y no poder regresar. Creo sinceramente que un perro como Junkie es más feliz que uno como Ruperto.

En cambio, en los humanos la libertad representa un estado tanto físico como de conciencia. Y por lo general, tendemos a huir de ella. Más específicamente, tendemos a buscar las cosas que nos privan de nuestra libertad.

Buscamos creencias dogmáticas que nos privan de nuestra libertad de pensamiento. Religiones que nos dan respuestas fáciles y prefabricadas a los grandes cuestionamientos, para ahorrarnos la fatiga de buscar la verdad por cuenta propia. Mejor aún, hay tantas religiones que hasta parece tienda de autoservicio: Sólo es cuestión de encontrar tu marca favorita y comprarla.

Buscamos sistemas económico-políticos que nos privan de nuestra libertad de decisión y de expresión. Nos prometen seguridad y estabilidad a cambio de nuestras libertades, y nosotros aceptamos, gustosos.

Buscamos relaciones de pareja que nos privan de nuestra libertad personal. ¿Cuánta gente se queja de que su pareja le llama a toda hora, quiere saber siempre dónde y con quién está, e incluso cuando está con ella le revisa el teléfono? ¿Cuántos comparten sus contraseñas de correo electrónico, redes sociales y demás, por complacer al otro? ¿Por qué siguen ahí, tolerando tal comportamiento?

Elige: Tu vida, o la de la zorra ésa a la que le gusta tu foto.
¿Por qué no sólo toleramos, sino que activamente buscamos todo esto? ¿Por qué preferimos ser controlados a ser libres?

Mi hipótesis: Por miedo. Una libertad total, de cualquier índole, puede llevarnos a donde sea, a lo más alto o a lo más bajo, y ambas posibilidades nos aterran. El miedo a lo desconocido puede más que la esperanza de que lo desconocido sea mucho mejor a lo que tenemos. Más aún, la mayoría de las veces, ser libre significa estar solo, lo cual también puede ser aterrador, especialmente si ni tú te soportas.

Resultado: Preferimos la certeza de una religión, la "tranquilidad" de un gobierno opresor, la estabilidad de un trabajo odioso pero seguro y medianamente remunerado, la compañía de un/a peor es nada, y en general, una felicidad sujeta a la adquisición de bienes y a la aprobación ajena. Queremos "libertad" sin realmente quererla. Y en ese gris y múltiple cautiverio se nos va la vida completa. Como perro de azotea.

Mi difunta abuela solía decir que "perro que no sale a la calle, no encuentra hueso". Junkie está de acuerdo con ella, y estoy seguro de que es feliz. Yo digo que deberíamos intentar ser más como él.

jueves, 30 de agosto de 2012

Pitufo Oficinista

Pitufo Oficinista está lejos de llevar la vida campirana y tranquila de sus congéneres. Cualquiera pensaría que, con su horario de 9:00 a 18:00 (al menos en teoría, porque seguido debe quedarse más tarde a cerrar los pendientes del día), más el tiempo de traslado bosque-oficina-bosque, se salvaría de las persecuciones de Gárgamel y Azrael, por lo que su vida debería ser más relajada; pero la verdad es que vive más estresado que los demás. Pero eso sólo porque sus compañeros de trabajo no saben que un pitufo vivo es el viagra más poderoso del mundo. Gargamel, aparentemente, sí lo sabe.

Típico que sólo quieres sexo, drogas, rocanrol y vistes de negro, y ya eres el malo.
Y es que nadie del resto de la comunidad tiene idea de lo que es llegar a la fecha límite de pago de una tarjeta de crédito, ni tener que andar pagando intereses. Nadie tiene idea de lo que es la competencia laboral, de andar buscando un mejor puesto, muchas veces a costa del progreso de los demás (porque todo mundo sabe que el progreso personal se mide por qué tan buen puesto/sueldo tenga uno). Nadie tiene idea de lo que es tratar con gente hipócrita que da puñaladas por la espalda y discrimina, a pesar de la política incluyente de la empresa de no hacer distinciones de género, religión, preferencia sexual, capacidades especiales o color de piel (por alguna razón, el azul le resulta especialmente problemático). Nadie tiene idea de lo que es tener un vicepresidente que presiona al director que presiona al gerente regional que presiona al gerente local que presiona al supervisor que lo presiona a uno, que no tiene a nadie a quién presionar, y sólo le queda callarse la boca y hacer el trabajo. Nadie tiene idea de lo que es tener un jefe que se fija más en quién le besa la cola que en quién trabaja mejor; todavía la tuviera azul y redondita, como él, pero no. Nadie tiene idea de nada.

Por eso él, cuando sea gerente, les va a dar a elegir: Con o sin calzones. La botella NO será opcional.
A veces maldice a su suerte. Y es que en una comunidad de cientos de pitufos, cada uno con una ocupación distinta, justamente a él tuvo que tocarle ser Pitufo Oficinista. Como si el hecho de que tu ocupación o arquetipo estereotípico defina tu nombre no fuera lo suficiente malo. Pero hay que ser justos, y admitir que también tiene sus ventajas. Para empezar, es el único en la comunidad que tiene ingresos fijos. Y aunque paga impuestos, lo que le queda es sólo para él. Esto le ha permitido comprarse su pantalla de LEDs de siete pulgadas, que es una maravilla. También cuenta con un estéreo y un pitufiPod para escuchar música distinta a las aberraciones de Pitufo Armonía, y con un extractor de jugos para preparar su jugo de pitufresa con mucha mayor facilidad. También tiene siempre cerveza importada en su refrigerador. Vive mucho más cómodamente, la verdad, y si trabaja sus ocho horas con dedicación, seguramente algún día será jefe, y entonces estará rumbo a ser millonario.

Es cierto que está un tanto aislado del resto. Pero por otro lado, ¿qué atractivo tiene bailar alrededor de una cochina fogata todas las noches, cuando se tiene una pitufipantalla con blu-ray? Además, él tiene contactos en la ciudad, y sabe moverse dentro de ella con facilidad. Tiene acceso a arte de verdad. Poeta, Pintor, Arquitecto, ninguno de ellos hace realmente arte, sólo torpes intentos comparados con lo que encuentra uno en la gran ciudad. Algún día, espera él, Pitufina verá todo esto: Su nivel de vida, cultural, intelectual... él lo tiene todo. Simplemente no entiende el que ella prefiera estar con el resto. Pero algún día ella lo verá, de eso está seguro. Tal vez cuando sea millonario.

Bola de hippies comunistas, primitivos y sin ambiciones.

A veces, en los pocos ratos de paz mental que le permiten los problemas de la oficina y la TV, se pone a pensar en cosas profundas; cosas que Pitufo Filósofo, con sus estúpidos lentes de hipster, jamás alcanzaría a ver, por el limitado entorno en el que vive. Se pregunta, por ejemplo, cómo realmente las empresas como en la que él trabaja pueden mantenerse funcionando con tanta gente tarada que está ahí. Todo se sostiene sobre una base de gente ineficiente, sin sentido común y que no sabe ni siquiera comunicarse correctamente. Y sin embargo (porque por supuesto, también sabe de política), sabe que de alguna manera que él no comprende, las empresas manejan a los gobiernos, así con su ineficiencia y todo. Le es evidente que algo está mal, pero no alcanza a ver qué es, y mejor deja de pensar en esas cosas, que siendo sinceros, mientras a él le sigan pagando, no le importan realmente.

Incluso Vanidoso, que por alguna razón desconocida es con quien más platica, le dice que ser oficinista es antinatural. Que ni disfruta de la vida tranquila y feliz de la aldea, ni necesita realmente el dinero, ni se encuentra en un entorno amigable, ni es sano para él estar bajo tanto estrés; que sin darse cuenta, todo el tiempo antepone los intereses de su empresa a los suyos propios; que le está importando más el tener que el ser; que el conocer unos cuantos procedimientos empresariales no enriquece su vida de manera alguna; que mejor debería verse en el espejo más seguido, y tal vez ponerse una flor en el gorro. Pero para él, todo esto son tonterías. Tan simple como decir que de ninguna manera podría sostener su nivel de vida superior, de no ser por su trabajo.

Además, ¿quién más pretenden que sea? ¿Qué clase de patética vida sería ésa?
No. Pitufo Oficinista manda todas esas absurdas ideas al diablo, se va a beber su cerveza importada, y se va a dormir temprano, que al día siguiente hay que trabajar.

jueves, 19 de julio de 2012

La Sección Amarilla como libro sagrado

"Tiempo es dinero", dijo alguna vez Benjamín Franklin. Aunque debió especificar que no lo decía literalmente, sino refiriéndose al uso productivo del tiempo; porque de otra forma, a mi edad yo ya debería ser millonario.

Existe otro sentido en el que esta afirmación es cierta: Muchas veces, el tiempo y el dinero son intercambiables cuando se trata de pagar por algo. Por ejemplo, cuando uno toma un taxi en lugar de un camión urbano, se paga un precio más alto en dinero, pero se ahorra tiempo; si se opta por el camión, se ahorra dinero, y podríamos decir que, al tardarnos más, pagamos ese ahorro con tiempo. Lo mismo sucede, al menos en la mayoría de los casos, cuando uno toma un avión para hacer un viaje largo, en lugar de viajar por carretera: Pagamos con dinero y con tiempo, pero nuestra elección de medio de transporte dependerá de cuál de los dos recursos estamos más dispuestos a gastar.


Recientemente tomé la decisión de trasladarme caminando diario al trabajo, precisamente con la idea de minimizar costos: Trasladándome en camión urbano, tengo que tomar dos de ellos, que en "hora pico" van más llenos que un tren nazi transportando judíos.

"¿Sí se van recorriendo para atrás, por favor?"

Entre que a veces no se detienen por ir llenos, el tráfico matutino, las paradas continuas y el hecho de que, al parecer, una ruta de camión urbano que me lleve directamente de la puerta de mi casa a la de mi oficina es mucho pedir, la duración total del trayecto es de entre 45 y 55 minutos, y me cuesta doce pesos.

Sorpresivamente, descubrí que caminando a una velocidad decente y con una ruta optimizada con la ayuda de Google Maps, puedo hacer el recorrido en 40 minutos. Es decir, me ahorro de 5 a 15 minutos en tiempo, y doce pesos en dinero. "¡Qué maravilla!", podríamos pensar, "un ahorro tanto de tiempo como de dinero, esto es aún mejor que una máquina de movimiento perpetuo."

Foucault, tú y tu péndulo pueden pasar por su premio
de consolación, gracias.


Pero no, por desgracia nada es gratis en esta vida, ni son el dinero y el tiempo los únicos medios de intercambio; en este caso, pago mi transporte con el esfuerzo (nada despreciable) que implica caminar manteniendo un paso relativamente veloz durante cuarenta minutos. Así, agregamos un tercer recurso, para al final tener dinero, tiempo y esfuerzo como opciones, muchas veces intercambiables, para pagar por algo. Claro, con sus excepciones. Como las mujeres, que te exigen todo lo que tengas de los tres.

"Lo siento, Fernando Antonio, pero esto sólo funcionará cuando
estés dispuesto a dedicarme 37 horas diarias."

¿Alguien recuerda los anuncios de la Sección Amarilla en los ochentas? "Ahorre tiempo, dinero y esfuerzo", decían.

Todo mundo sabe que ponerse una armadura de placas completa no requiere de esfuerzo alguno.

Lo cual sería maravilloso, milagroso incluso, al grado de que, si ese libro de verdad me ayudara a ahorrarme los tres recursos, sería capaz de adoptarlo como libro sagrado y fundar una nueva religión. La Religión Amarillista, podría llamarla. Y de hecho sí sería posible ahorrar los tres simultáneamente, pero sólo en caso de que decidiéramos agregar aún más factores a tomar en cuenta en nuestro ya hermoso y equilibrado sistema de medios de intercambio de tres dimensiones. Pero como estos tres bastan para el propósito de este escrito (que francamente, ni estoy seguro de cuál sea), y como los sistemas de cuatro o más dimensiones hacen que las cabezas humanas exploten, mejor dejémoslo así.

"Ahora imaginemos un cubo de cuatro dimensio..." ¡BOOM!

Ahora, analicemos algo que me inquieta un poco. En el sistema actual, tener un empleo significa que yo ocupo mi tiempo y mi esfuerzo en obtener algo, que al final resulta ser dinero. ¿No les parece que hay algo mal aquí? No hago más que pasármela indefinidamente invirtiendo dos de mis medios de intercambio, a cambio del restante. Peor aún: El dinero que recibo es sólo una fracción de lo que produzco para la empresa, y de cualquier manera mi dinero irá a parar a otras empresas cuando yo vaya a comprarles lo que necesito para vivir. O sea que básicamente me quedo en ceros, mientras que las empresas hacen cada vez más y más dinero. ¿Cómo es esto posible? ¿Acaso hay una cantidad infinita de dinero en el planeta? No, no la hay, y de hecho este es, a grandes y torpes rasgos, uno de los causantes de la crisis financiera global.

En una economía de subsistencia, como la que teníamos en tiempos primitivos, uno invierte su tiempo y esfuerzo en producir lo que necesita para vivir. Fue el surgimiento de la civilización lo que hizo necesario el trueque primero, y el dinero después. No estoy en contra del dinero en sí. Estoy en contra de un sistema centrado exclusivamente en la obtención de dinero, como en el que vivimos.

El ser humano es creativo por naturaleza. De hecho, las capacidades de imaginar, de razonar, de crear y de concebir abstracciones son, en gran parte, lo que nos hace humanos. Al estar cautivos en un sistema que nos tiene sólo produciendo dinero, nos quedan poco tiempo y esfuerzo para ocupar nuestras mentes en cosas que realmente valen la pena, cosas que podrían ser de gran utilidad a la humanidad. La civilización misma, con su creciente complejidad, ha sido posible gracias a mentes brillantes que constantemente conciben ideas nuevas. Sin embargo, en la actualidad, las personas dedicadas a la concepción de nuevas ideas están condicionadas a la disposición de dinero. La generación de ideas y avances está al servicio de gobiernos y corporaciones, con lo cual ni siquiera podemos contar con el uso de dichos avances para el beneficio de la humanidad, sino, adivinen: Sí, para la producción de más dinero. Pero no me hagan caso a mí. Ya lo dijo Buckminster Fuller, y mucho más elegantemente que yo, que sólo soy un pobre diablo que no sabe nada de la vida:

"Debemos deshacernos de la engañosa noción de que cada quién debe ganarse la vida. Es un hecho hoy que uno de cada 10,000 de nosotros puede conseguir un avance tecnológico que soporte a los otros 9,999. La juventud de hoy tiene toda la razón cuando considera estúpido ganarse la vida trabajando. Seguimos inventando ocupaciones por esta falsa idea de que todo el mundo debe realizar alguna tarea pesada o tediosa para tener derecho a existir. Así, tenemos supervisores de los supervisores y gente desarrollando herramientas para los supervisores que supervisan a los supervisores. El verdadero negocio de la gente debería ser volver a las escuelas y pensar en aquéllo que estuvieran pensando antes de que alguien viniera y les dijera que tenían que ganarse la vida trabajando."

"Básicamente, con lo que yo sueño es
con menos trabajo y más chaquetas."

Pero los idealistas, los visionarios y los niños etíopes encabezan la lista de la gente que se muere de hambre en este sistema que no puedo cambiar. Así que mejor me dejo de estupideces: Debo ponerme a trabajar.

lunes, 18 de junio de 2012

La dificultad de ser mediocre

Me encuentro a unos días de entrar, por tercera vez, a trabajar a una empresa transnacional. La gente invariablemente me felicita cuando se los platico. Yo no estoy tan seguro de que una felicitación sea lo más adecuado para la ocasión.

Sí, voy a ganar dinero y a dejar de ser pobre, y eso... pero la cosa es que no soy ambicioso en el sentido convencional. Contrario al 99.83% de las clases media y baja, no me veo como un rico que es temporalmente pobre, pero que algún día será millonario... Algún día.

"Cuarenta y cinco años más de este maldito trabajo y seré millonario, hell yeah baby."


No. Mi ambición está en el conocimiento, no en el dinero. En lugar de acumular toda la riqueza que me sea posible en los pocos o muchos años que me quedan, quisiera aprender lo más que pueda sobre historia, física, geografía, astronomía, sociología, lingüística, química, psicología, gastronomía, geología, música, antropología, vuelo con parapente, y elaboración de napalm con jugo de naranja. El dinero es sólo algo que desafortunadamente necesito para sobrevivir en este sistema de porquería.

Ya trabajé dos veces en empresas de ésas. Pagan relativamente bien, pero sólo sin tomar en cuenta los niveles de estrés a los que la mayoría de ellas someten a sus empleados. No me interesa llegar a ser jefe, no me interesa poner mi propia empresa; ésas son metas siempre orientadas a ganar más dinero. Mientras me alcance para pagar mi comida, los gastos de la casa, mis vicios, y uno que otro lujo (libros, películas, conciertos), yo estaré económicamente bien.

Las dos veces que estuve empleado de esa manera, las cosas terminaron igual: El estrés llegó a afectar mi vida personal a tal grado, que después de salirme me tomé alrededor de un año sin trabajar, sobreviviendo con lo que había logrado ahorrar en alrededor de tres años de trabajo cada vez, con la única intención de olvidarme de todo. "Hubieras conseguido otro trabajo luego luego, y con tus ahorros te comprabas un auto." O sea, ¿quién, en su sano juicio, no se compra un auto cuando tiene el dinero para hacerlo? Yo. Gastas en mantenimiento, te estresas con la bola de tarados que andan sueltos haciendo estupideces, y además contaminas. Un auto es para mí algo trivial, pudiendo gastar mejor en viajes, libros, conciertos o clases de algún idioma.

¿Por qué, entonces, estoy por caer en lo mismo por tercera vez? Por idiota, supongo. Mi trabajo ideal sería escribiendo, pero como podrán darse cuenta, no tengo mucho sobre qué escribir, salvo sobre mí mismo. Si fuera especialista en alguna rama del conocimiento, en lugar de saber lo mínimo sobre varias ramas, sería más fácil escribir un libro, por ejemplo. O tal vez no: Supongo que escribir un libro y ser padre son cosas para las que uno nunca se siente completamente listo. La diferencia está en que un hijo lo puedes tener por accidente. Ojalá pasara lo mismo con los libros.

"Pero, pero... si yo me cuidé."


Recientemente leí El Perfume, de Patrick Süskind. Me sorprendí identificándome con el protagonista en más de una ocasión. Esto no es extraño; uno tiene a identificarse con algún personaje, de alguna u otra manera, cuando lee una buena novela con personajes complejos y bien construídos. Es casi como conocer a alguien y descubrir los puntos en común que, casi siempre, se tienen. En lo personal, mis puntos en común con Jean-Baptiste Grenouille fueron su desprecio por la humanidad, y su búsqueda personal de algo que, por no estar orientado a la prosperidad económica, lo convierte a uno en un mediocre a los ojos de la sociedad.

Eso, y su gusto desmesurado por las pelirrojas.

No es que odie a la humanidad; a fin de cuentas, soy parte de ella. Pero me da asco el egoísmo que tan inherente parece a la naturaleza humana. Tanto a nivel individual como local, nacional y hasta étnico, tenemos una mentalidad de "mientras yo esté económicamente bien, que se jodan los demás, que se joda el ambiente y que se joda todo el maldito Universo." Tal mezquindad nos hace merecedores de extinguirnos como especie, creo yo.

Y hay varios que están de acuerdo conmigo.

Pero mientras espero el advenimiento de Skynet o la Matrix, y el justo dominio de sus máquinas asesinas sobre la autodestructiva humanidad, la renta no se va a pagar sola, así que tengo que rentar mi cerebro al sector privado si quiero sobrevivir y darme un gusto o dos. Joder, me siento como Edward Norton en La Hora 25, con la cuenta regresiva para ir a prisión. ¿Quién dijo que ser mediocre era fácil?

miércoles, 13 de junio de 2012

El infierno de los rockeros borrachos

Hace un tiempo, después de una borrachera descomunal, a la mañana siguiente tenía que ir a no recuerdo dónde. Me levanté con una resaca del demonio, y abordé un autobús urbano que, fiel a la tradición camionera de México, iba jugando carreras con sus colegas, con todo lo que ello conlleva: Acelerones y frenazos súbitos, vueltas cerradas y un promedio de cuarenta y tres infracciones por minuto. Todo ello mientras el sol matutino me pegaba de lleno en la cara y yo desfallecía de sed. Decidí en ese momento que el infierno de los borrachos tenía que ser algo muy cercano a lo que yo estaba viviendo en ese momento.

Seis siglos salvaron a Dante Alighieri de conocer los camiones de
transporte público e incluirlos en sus círculos infernales.

El día de hoy, después de una serie de trámites burocráticos totalmente infructuosos en el centro de la ciudad, pasé por una escuela de estilistas. Un anuncio rezaba: "Cortes de pelo GRATIS". Como ya traía las puntas algo maltratadas, y como la última vez que fui a despuntármelo me cobraron ochenta malditos pesos, decidí que no era tan mala idea arriesgarme a poner mi escasa pero preciada cabellera en manos de una aprendiz. Total, sólo quería una simple despuntada, no un jodido corte tipo Coco Chanel. Además, con un poco de suerte, la aprendiz estaría de buen ver.

Todo comenzó bien. Me recibió una especie de secretaria con pantalones ajustados, y me condujo al... ¿salón de clases? ¿laboratorio? Sí, labroratorio donde experimentan con pobres ingenuos, como yo. La aprendiz de estilista que me tocó era, por mucho, la más fea de todas las que había. 

Era como el Dr. Zaius pero en mujer, la pobre.

Empezó a cortarme el pelo con una lentitud desesperante. O tal vez lo que me hacía sentir que el tiempo pasaba demasiado lento era la música, que alternaba canciones gruperas de desamor con pop de la peor calaña, de ése con voces chillantes y monótonas acompañadas de "arreglos" electrónicos baratos. Pero no, no era la música, porque escuchaba canción tras canción, y la monita no terminaba.

Al fin, llamó a la maestra, quien vino a revisar su trabajo. "Cortaste chueco de este lado, fíjate. Hay que emparejarlo." Y la mona procedió a cortar, con la misma desesperante lentitud, un poco más, para que quedara parejo. Este proceso se repitió por lo menos tres veces. Y a la hora que yo veía por el espejo cuando verificaba si ya había quedado parejo, juro que podía ver a cada cabello de diferente longitud. Mi cabellera estaba siendo aniquilada sin misericordia. Y la música seguía taladrando mis oídos.

Después de minutos interminables y varios centímetros menos de cabellera, por fin quedó todo bien. O al menos tan bien como podía quedar después del desastre. Decidí que el infierno de los rockeros tenía que ser algo muy cercano a lo que acababa de vivir.

Recordé entonces mi anterior representación mental del infierno para borrachos, y caí en la cuenta de que el ser rockero y el ser borracho están íntimamente ligados. En mi imaginación comenzó a gestarse la terrible idea de un infierno para rockeros borrachos: Un lugar maldito en el que lo trepan a uno en un microbús conducido por un desquiciado cuyo único propósito es rebasar al microbús del mismísimo Satán, con una resaca de vodka, cerveza y Jägermeister, con las flamas del infierno simulando un sol matinal pegándote en el rostro, cascadas de agua a lo largo del camino para martirizar a tu sed, el estéreo tocando reguetón y pop barato a todo volumen, y una aprendiz de estilista del Planeta de los Simios parada detrás de uno, cortando lentamente tu preciada cabellera sin muestra alguna de piedad.

Afortunadamente, el infierno no existe. Y si acaso existiera, sólo es cuestión de arrepentirse de todo en el último minuto, y listo: A los rockeros borrachos nos espera un lugar en el cielo donde supermodelos en bikini te reciben con la mejor cerveza, mientras una banda formada por John Bonham, Cliff Burton, Jimi Hendrix, Dimebag Darrell y Dio (que ya se fueron al cielo y seguramente están tocando allá) toca canción tras canción por toda la eternidad.

Sí es así como funciona, ¿no?


jueves, 3 de mayo de 2012

Stephen Hawking para Presidente

Son tiempos agitados para el país, como sucede comúnmente con la temporada electoral. Por todos lados vemos los miles de millones de dinero del pueblo gastado en publicidad estúpida con caras de sonrientes candidatos, y con abundancia de palabras como "cambio", "compromiso" y "diferente". O ni tan estúpida, porque al parecer, funciona.

En las redes sociales todo mundo es la nueva gran revelación en análisis político, y la gran mayoría de lo que se ve son cosas para desprestigiar a uno u otro candidato, la llamada "guerra sucia", que está totalmente financiada por los partidos, aunque jamás de manera oficial. Es reprobable, pero al parecer, también funciona.

¿Por qué funcionan estas estrategias de campaña? Pues porque están hechas a la medida del pueblo. A un pueblo estúpido, campañas estúpidas.

"A lo hecho, pecho."

O no estúpido, porque no nos falta inteligencia. Pero sí nos falta un poco (o mucho) de pensamiento crítico. Apoyamos a uno u otro candidato por las razones incorrectas: Porque nos invita una torta y un refresco, por su apariencia, o porque representa a tal o cual partido, como si los partidos políticos fueran equipos de futbol.

No tenemos las herramientas de pensamiento para distinguir lo que es verdad de lo que es difamación, ni lo que son promesas vacías de campaña de lo que son propuestas viables. Esto da como resultado que, a la hora de elegir a nuestros gobernantes, no sólo tomamos una pobre decisión, sino que ni siquiera podemos ver lo pobres que son las opciones que nos imponen. No tenemos la capacidad de establecer prioridades, ni de cuestionar con conocimiento, ni de distinguir lo que nos hace sentir bien de lo que es cierto.

¿Y dónde podremos encontrar esas herramientas de pensamiento? ¿En la televisión? ¿Consultando nuestro horóscopo, o el de los candidatos? ¿Rezando? Evidentemente no, puesto que es ése el camino que estamos recorriendo y del que debemos alejarnos, si queremos que las cosas mejoren. Lo que necesitamos es ciencia.

"¿Señor? Sí, por fin le tengo listo al candidato ideal para el Partido Verde."

¿Ciencia? ¿Qué clase de disparate es ése? ¿Acaso vamos a hacer que nuestro gobierno mejore con fórmulas matemáticas? ¿Inventaremos una cura para la enfermedad de la codicia, padecida por todos los políticos? ¿Pondremos de presidente al Dr. Evil?

La ciencia es más que un mero conjunto de conocimientos. Es mucho más que un grupo de tipos con bata en un laboratorio investigando cosas que no entendemos. Y sin embargo, lo primero que les viene a la mente a las personas con esta palabra, es un científico loco que quiere conquistar o destruir al planeta. Pero no: La ciencia es también una manera de pensar disciplinada basada en la observación y el razonamiento. Es algo que no sólo podemos utilizar en nuestra vida diaria, sino que deberíamos hacerlo, por nuestro propio bien. Y la elección de un buen gobernante definitivamente forma parte de nuestra vida diaria, por períodos de tres o seis años.

La ciencia no es el único instrumento de conocimiento con que contamos. Además de las diversas y numerosas religiones, también hay una gran variedad de pseudociencias, probablemente la más famosa de las cuales es la astrología. Y al igual que éstas, la ciencia no es un instrumento perfecto; pero sí es el mejor que tenemos. En ese sentido es como la democracia (la bien aplicada): Es imaginativa y a la vez disciplinada; nos invita a aceptar los hechos, aunque vayan en contra de nuestros prejuicios; nos exhorta a tener hipótesis alternativas en la cabeza y ver cuál se adapta mejor a los hechos; nos insta a un delicado equilibrio entre una apertura sin barreras a las nuevas ideas, por muy heréticas que sean, y al escrutinio escéptico más riguroso: Combinación de nuevas ideas y sabiduría tradicional. Esta manera de pensar es una herramienta esencial para una democracia en una era de cambio.

Uno de los grandes mandamientos de la ciencia es: "Desconfía de los argumentos que proceden de la autoridad." Las autoridades deben demostrar sus opiniones al igual que todos los demás. Esta independencia de la ciencia, su reluctancia ocasional a aceptar la sabiduría convencional, la hace peligrosa para las doctrinas menos autocríticas o con pretensiones de certidumbre, como la religión o las pseudociencias.

Los valores de la ciencia y de la democracia son similares. Ambas iniciaron en el mismo tiempo y lugar, en los siglos VII y VI AC, en Grecia. Ambas prosperan con el libre intercambio de ideas, y de hecho lo requieren. Alientan a las opiniones poco convencionales y al debate. Exigen raciocinio suficiente, argumentos coherentes, niveles rigurosos de prueba y honestidad, y nos proporcionan medios para la corrección de nuestros errores.

Y sin embargo, en nuestra "democracia", los productos de la ciencia son utilizados para torcer el sistema y someter a la gente a un régimen que podríamos llamar oligarquía, plutocracia, o "partidocracia".

Plutocracia.

Para encontrar un poco de verdad ocasional entre toda la confusión y engaños, necesitamos atención, dedicación y valentía. Pero si no ejercitamos estos hábitos de pensamiento, no podemos esperar resolver los problemas realmente graves del país. En lugar de eso, correremos el riesgo de convertirnos en una nación de ingenuos, un mundo de niños a disposición del primer charlatán que se nos ponga enfrente, llámese astrólogo o candidato presidencial.

El pensamiento crítico es democrático: Se puede tener sin importar el nivel socioeconómico del individuo. Por una parte tenemos casos de gente humilde que cuestiona a los candidatos frente a las cámaras, pidiéndoles propuestas concretas y silenciándolos de lleno. Por otro lado, he visto a gente con formación universitaria compartiendo en las redes sociales (y por tanto, creyéndoselo) mentiras tan ridículas como "En México ya no hay deuda externa gracias al partido gobernante."

La conclusión es obvia: Los mexicanos tenemos potencial como pueblo. Sólo es cuestión de explotar ese potencial con una educación adecuada, tanto en la escuela como en el hogar. Cada vez que un gobernante presume haber abierto tantos cientos de escuelas durante su mandato, me dan ganas de vomitar. Muchas escuelas, sí, ¿pero qué nivel de educación se imparte en esas escuelas? Necesitamos educación de calidad, que enseñe a la gente a pensar y no sólo a memorizar cosas.

Teniendo una educación adecuada, el resto de los problemas del país se irán resolviendo poco a poco: Seremos más cultos y creativos, más concientes del por qué es importante cuidar el medio ambiente, tendremos la capacidad y la oportunidad de desenvolvernos en el oficio o profesión que realmente nos llene, cuestionaremos las acciones de la autoridad y les exigiremos mejores resultados, exigiremos (por supuesto) a gobernantes con pensamiento crítico, y en definitiva nuestra participación en el gobierno podría ser mucho mayor que el simplemente ir a votar cada tres o seis años. Curiosamente, esto es precisamente lo que muchos gobernantes no quieren: Utilizan la ignorancia como herramienta de control. Hay incluso quienes quieren impartir religión en las escuelas públicas, cuando no hay nada más opuesto al pensamiento crítico, la ciencia y la razón.

Por eso, antes de fijarnos en las propuestas, muchas veces vacías, de los candidatos a gobernarnos, deberíamos preguntarnos: ¿Quién de entre estos individuos hara realmente más y mejores cosas por la educación de la gente? ¿Quién hará más por la ciencia? ¿Quién arrancará al sistema educativo de las garras de la mafia que lo controla actualmente? ¿Quién mantendrá a la religión apartada de las aulas?

Si hacemos ese ejercicio de manera objetiva, dejando de lado lo que nos quieren vender los medios de comunicación, y desechando nuestras mezquinas preferencias partidistas (es decir, pensando críticamente), creo sinceramente que tenemos mejores posibilidades de tomar una decisión que nos beneficie a todos. Y si además divulgamos esta manera de pensar entre nuestros amigos y conocidos, podemos hacer al país un bien realemente mayor. A fin de cuentas, la ciencia está ahí para beneficiarnos a todos. Sólo tenemos que abrazarla y utilizarla debidamente.

lunes, 12 de marzo de 2012

Ruta de Evacuación

Si estás leyendo esto, lo más probable es que lo hagas en horario de oficina. No todo es trabajo, ¿cierto? También están los breaks para navegar en internet, subir a facebook las fotos de tu comida y leer tonterías como ésta. Es parte de los privilegios de que gozas por tanto esfuerzo que has realizado preparándote. Y si trabajas para una transnacional o una empresa grande, también están los simulacros de evacuación, esos recesos involuntarios que deberían llegar como caídos del cielo, de no ser porque invariablemente se les ocurre hacerlos cuando más trabajo tiene uno.

La cosa es que, creo que por ley (repito: Creo. Porque en realidad lo único que sé sobre leyes es que no debo orinar, beber alcohol ni follar en la calle) tienen que realizarse esos simulacros, así como marcar las rutas de evacuación de manera que ni la persona más estúpida del mundo falle en encontrar la salida en caso de emergencia.

Usted está aquí. Si estira su brazo derecho puede tocar la puerta de la salida de emergencia. También es la única salida de este cuarto de cinco metros por cuatro.

 Hay otro tipo de evacuación: Una que se da en pequeños cuartos especiales que, en las empresas, por lo general tienen un par de utensilios llamados "retretes" por cada trescientos empleados, aproximadamente.

Durante mi estancia en varias de estas paradisíacas instalaciones corporativas, he notado una marcada y triste tendencia en las costumbres evacuatorias de la gente: El hecho de utilizar el retrete es causa de sentimientos negativos en ellos; sentimientos que van del asco a la vergüenza.

¿O a poco jamás te ha tocado como vecino de retrete alguien con diarrea, que evidentemente está muriéndose por sacar todo lo que trae con un estruendo impresionante, pero que se reprime y lo saca en pequeñas dosis sólo porque tú estás escuchando? Claro que, para que esto suceda, él tuvo que estar ahí desde antes que tú; porque si entra y tú estás a la vista, invariablemente se da la siguiente escena:


También seguramente conoces el caso del tímido que, a pesar de haber hecho todo ni tan sonoro ni tan apestoso, se avergüenza de que alguien lo vea salir del retrete. Por lo regular, se espera el tiempo necesario ahí sentado, sin hacer nada, hasta que el baño esté desierto para salir a lavarse las manos, con tal de que nadie lo vea.

Este juego de golf fue diseñado justamente para ellos.

O como los más radicales, y afortunadamente no hay muchos de ellos, que de plano se niegan rotundamente a hacer uso de los retretes en el trabajo, por puro y simple asco.

Sólo puedo hablar por los hombres, claro está; jamás he hecho uso de un baño de mujeres en la oficina. Excepto cuando estuve en un edificio en el que cuarenta hombres y dos mujeres compartíamos dos baños para cada género, y entonces nos vimos obligados a quitarle la falda a la monita de uno de los baños y convertirlo en baño de hombres provisional, porque no nos dábamos abasto.

Por suerte no vivimos en Japón, donde cambiar de género a los monitos de la puerta del baño es mucho más complicado.


El punto es que nunca he tenido como vecina de retrete a una mujer desconocida, y para poder hacerme una idea de sus costumbres necesitaría no a una, sino a una muestra completa y cuidadosamente seleccionada de ellas. Me gusta suponer que el hecho de que ellas de cualquier forma deben sentarse en el retrete para orinar, las desinhibe un poco a la hora de la verdad. Pero es algo que tal vez jamás averigüe.

Y yo me pregunto, ¿tiene sentido todo esto? ¿En verdad existe algo vergonzoso o asqueroso en mandar troncos al aserradero desde la oficina? En lo particular, disfruto mucho de los placeres derivados de una necesidad fisiológica satisfecha, como comer, dormir, tener sexo y columpiar el tamarindo.

Es cierto, huele mal y a veces es ruidoso, pero todos tenemos que hacerlo. Y todos (o casi) tenemos que trabajar también, así que hacerlo en el trabajo es lo más natural del mundo. ¿En qué momento dejamos esa costumbre de pasar de lo abstracto a lo concreto mientras socializábamos, para convertirla en una actividad para la cual escondemos la cara?

Y entonces el árbitro marcó penalty en contra de Maximus, "El Español". Fue un robo descarado.

Los romanos sí que sabían cómo hacerlo. Estúpida Edad Media que terminaste con tanta herencia cultural de la Antigüedad. Incluyendo nuestro gusto por cagar pública y orgullosamente.

jueves, 16 de febrero de 2012

Pescadito, pescadito

Los peces están entre los seres menos inteligentes del planeta. De hecho, como clase del reino animal, creo que sólo están por encima de los reptiles en cuanto a proporción entre sus masas corporal y cerebral.

No graficado: El político promedio. Por razones de diversidad, se prefirió poner al celacanto, que ocupa aproximadamente el mismo punto.

La información que guardan en sus cerebros apenas les alcanza para las funciones más básicas, como huir endemoniadamente al toparse con un depredador, fertilizar el apetitoso caviar puesto por alguna hembra, o identificar a una deliciosa lombriz de tierra que, por alguna razón desconocida, está bajo el agua, retorciéndose y atravesada por un anzuelo. En pocas palabras: Supervivencia y reproducción.

Recientemente leí un artículo referente a un estudio que afirma que la democracia requiere de masas ignorantes para funcionar correctamente, dado que un electorado bien informado formaría un montón de sólidas minorías que no podrían ser "acarreados" y que tampoco cooperarían entre sí fácilmente. En cambio, si la mayoría de los votantes no piensan realmente en los problemas y se limitan a ponerse del lado de quien es más popular, el sistema sigue funcionando sin problemas.

¿Y cómo llegó un grupo de investigadores a tal conclusión? Pues estudiando el comportamiento de los peces, por supuesto. Específicamente, carpas doradas.

A ésta se le nota a simple vista su preferencia por las ideologías de izquierda.

Y uno se pregunta, ¿a quién demonios se le ocurre hacer un estudio de comportamiento humano basado en el comportamiento de seres con cerebros incipientes? Todavía fueran, digamos, delfines o ballenas, tendía más sentido, ¿no? Al fin y al cabo viven en el agua, como los peces, sin embargo son mamíferos superiores, con cerebros mucho más parecidos al nuestro.


( El autor de estas líneas recomienda ampliamente la película The Meaning of Life, que aborda el estudio de humanos basado en peces. Abstenerse si son demasiado susceptibles a los chistes religiosos.)


Sí, evidentemente el cerebro humano es superior; poseemos capacidad de razonamiento, análisis, síntesis y abstracción, somos creativos y, en pocas palabras, el día en que un pez sea capaz de crear una obra de arte o un lenguaje simbólico, entonces hablamos. Sin embargo, también hay que tomar en cuenta el entorno social que hemos creado con esas capacidades.

Un pez vive sin más reglas que las dictadas por su instinto de supervivencia. Los humanos, en cambio, debemos de acatar un sinfín de reglas. Sus oportunidades de supervivencia como individuo se ven mermadas si no es capaz de regular sus impulsos instintivos.

¿Un pez desnudo en un estadio? Qué escándalo.

De esta paradójica manera, las partes más desarrolladas de nuestro cerebro luchan por inhibir constantemente muchas de las cosas que nos dictan las partes más primitivas, las que compartimos precisamente con animales "inferiores".

¿Tenemos éxito? Por supuesto que no. Por principio de cuentas, la mayoría de la gente no se caracteriza precisamente por su brillo intelectual. Por otra parte, nos sorprendería echar un vistazo, aunque sea superficial, a algunas conductas que compartimos con ellos.

Muchas especies de peces son agresivas. Tienen que serlo para poder sobrevivir, o de lo contrario no podrían proteger a sus huevos o crías. También son territoriales, ritualistas, poseen una clara tendencia a establecer jerarquías sociales, y por lo general viven su vida sin más preocupación que la misma supervivencia. Todas estas características las tienen especies con cerebros tan inferiores al nuestro, que es casi increíble que las compartamos.

¿O a poco no somos agresivos? Eso es algo que se nota desde que uno sale a la calle y ve cómo la gente conduce sus autos, pero también podemos verlo en las noticias. En ningún momento de la historia de la humanidad ha dejado de haber guerra en alguna parte del mundo. ¿Territoriales? Para demostrarlo sólo se requieren dos palabras: Nacionalismo y fronteras.

Nótese como el hombre de verde marca la frontera con orina,
para que los gringos no se pasen de este lado.

En cuanto al ritualismo, los ejemplos son tantos que me abruman, y van desde el simple y vulgar cortejo callejero hasta el solemne Bar Mitzvah que mi sobrino tendrá que hacer en unos años. El ritual forma parte imprescindible de prácticamente todas las religiones que existen, y como sabemos, la gran mayoría de los humanos practica una.

¿Jerarquías sociales? ¿Se acuerdan de cuando en la primaria nos enseñaban la pirámide social del Antiguo Egipto, con el faraón hasta arriba, luego los sacerdotes y así hasta terminar con los esclavos? Bueno, pues las cosas no han cambiado mucho en cinco mil años, para acabar pronto; sólo se le ha añadido un poco de burocracia, y los antes esclavos ahora tienen seguro social.

Por último, un pez carece de conciencia de sí mismo, sólo vive sin trascender, y ya. Un humano vive para trascender... en forma de cuentas bancarias y el mejor auto que esas cuentas le permitan. Creo que no hay mucha diferencia entre uno y otro. Todo termina reduciéndose a supervivencia y reproducción.

Así que, como vemos, el basarse en esos simpáticos seres nadadores para estudiar a los humanos, no es del todo descabellado, sobre todo si hablamos de la "democracia" moderna. Y después de todo, el mensaje que viene en The Meaning of Life al final de los títulos (lo que uno nunca se queda a ver) es perfectamente aplicable para ambos.

"Los productores quisieran agradecer a todos los peces que participaron
en esta película este blog. Esperamos que otros peces seguirán su ejemplo
para, en el futuro, los peces de todo el mundo puedan vivir juntos en armonía
y entendimiento, y pongan fin a sus diferencias mezquinas, dejen de
perseguirse y comerse unos a otros, y vivan por un futuro más brillante
y mejor para todos los peces, y aquéllos que los aman."

miércoles, 18 de enero de 2012

Teoría de la Pendejez Universal Permanente

No hace falta ser un genio para darse cuenta la cantidad de estupideces que está cometiendo la humanidad en este preciso momento; tan sólo hay que ponerse a ver las noticias. Si uno va un poco más allá, se da cuenta de que esas pendejadas que salimos haciendo en las noticias son tan sólo una pequeña fracción del total, y aún así, esa fracción es suficiente para perder la fe en la humanidad unas catorce veces por día. Estamos tan imbéciles, que no sólo nos estamos matando entre nosotros por nimiedades, sino que estamos acabando con el planeta que es nuestro hogar. Peor aún, a nadie parece importarle.

Total, el mundo se acaba en once meses.
Eso de hacer estupideces no es algo nuevo. Basta con leer un poco de historia para darse cuenta de que, en realidad, la historia de la civilización es una serie ininterrumpida de pendejadas, las cuales no mencionaré por puro amor a la especie (y porque no me alcanzan once meses para mencionarlas todas).

El decir que la demás gente está tarada es parte de nuestra rutina diaria. Los gobernantes, los vecinos, el jefe del trabajo, los que van manejando alrededor nuestro, todos están pendejos. Excepto uno mismo, claro está. George Carlin resume esta postura de manera contundente.

¿Se han dado cuenta?
Todo el que vaya manejando más rápido que uno es un maniático,
 y todo el que vaya más lento es un idiota.
"Soy una persona valiosa. Al fin y al cabo, mi vida ha distado mucho de ser fácil, pero las duras vivencias me han convertido en una persona madura, centrada, y al menos por encima de la persona promedio; y aunque he cometido muchos errores, también he aprendido de ellos, por lo que en este momento estoy en mi plenitud."

Me atrevería a decir que la gran mayoría de las personas pensamos algo así de nosotros mismos, prácticamente todo el tiempo. Solía incluirme entre ellas. Pero entonces decidí someterme a un sencillo ejercicio: Pensé en mí mismo hace cinco años.

Hace cinco años, para ser sinceros, estaba bien pendejo, aunque no era totalmente culpa mía; no había tenido muchas vivencias que me han hecho cambiar para bien, les daba demasiada importancia a cosas que no la merecían, no había leído muchas cosas que me han ayudado a comprender al mundo y a la gente, no conocía a muchas personas que me han enriquecido muchísimo en este lapso y, en general, hacía muchas cosas que ahora considero estúpidas, y que no mencionaré por puro amor propio.

También, cabe mencionar, hace cinco años pensaba que, hace diez, estaba bien pendejo, aunque no era totalmente culpa mía; no había tenido muchas vivencias que me habían hecho cambiar para bien, les daba demasiada importancia a cosas que no la merecían, no había leído muchas cosas que... bueno, todo eso. Hace diez, pensaba lo mismo de mí hace quince. Lo curioso aquí es que, invariablemente, siempre estuve convencido de que lo que pensaba en el momento actual era lo correcto, para años después, estar convencido de que era un tarado.

Así las cosas, lo más probable es que dentro de cinco años, piense que en este momento de mi vida era un pendejo. Y si continuamos la secuencia indefinidamente, resultará que estuve pendejo durante toda mi vida.

Esta conclusión, lejos de desanimarme, me motivó. Y no es que me motive aceptar que estoy pendejo, sino que volteando cada vez más hacia atrás, me doy cuenta de que he mejorado mucho con los años, y de que me falta mejorar aún mucho más en el tiempo que me queda. Creo que estaría mucho peor si en este momento pensara que siempre he estado en lo correcto y que jamás he estado pendejo. Eso deja un margen muy estrecho para poder mejorar.

En resumen, me di cuenta de que en efecto, la gente está muy pendeja; pero que, muy a mi pesar, yo soy parte de la gente. Todos estamos mal. Y si nos ponemos a ver, las pendejadas que más daño hacen se cometen de manera colectiva, así que no puedo estar muy errado.

Debo decir que, al hacer el análisis yendo cada vez más hacia atrás en el tiempo, me di cuenta de probablemente mi etapa de menor pendejez fue siendo un niño pequeño. Observaba al mundo con inocencia, absorbía una cantidad increíble de conocimiento, y el único alcohol que ingería era el de los chochitos de homeopatía, a la que mi madre siempre ha sido aficionada. Si la mitad de las historias que ella cuenta sobre mis preguntas y deducciones antes de mis cinco años son ciertas, yo era un niño genio.

Lo malo es que la medicina nunca fue lo mío.
No obstante, ello no debe de emocionarme ni enorgullecerme sobremanera. Tengo varios sobrinos de entre tres y cinco años; son todos una maravilla. Mi madre es maestra de kinder, y me cuenta un sinfín de historias sobre la inteligencia y sagacidad de los niños. Si las cosas siguieran ese mismo curso después de esa edad, todos seríamos niños prodigio. Pero algo estamos haciendo mal con los pequeños. Mi hipótesis es que, uno como padre, comete muchas pendejadas con sus hijos, lo cual forzosamente los arruina un poco. Y al entrar a la escuela, además de recibir una educación que inhibe su curiosidad y creatividad, conviven con otros niños, entrando en contacto con todas las pendejadas que cada pareja de papás comete con cada niño, con lo cual terminan por arruinarse mutua y definitivamente. Desde ahí, todo es cuesta arriba.

He decidido nombrar a este conjunto de ideas estúpidas como Teoría de la Pendejez Universal Permanente, indicando así que todos estamos pendejos en todo momento. Sus siglas son PUP, lo cual suena convenientemente parecido al inglés poop (caca). Y es que, estando pendejos o no, los humanos somos prácticamente máquinas de hacer caca, en un sentido literal. Si profundizamos un poco y vemos las pendejadas de las que nuestro intelecto es capaz, nos damos cuenta de que también somos máquinas de hacer caca en un sentido figurado.

Pero entonces, ¿cómo explica esta teoría la existencia de individuos sobresalientes? Pitágoras, Galileo, Leonardo, Newton, Asimov, Adal Ramones... hay un sinnúmero de ejemplos históricos de gente que ha sobresalido y contribuído enormemente al progreso de la humanidad. ¿Acaso ellos también estaban pendejos?

Sí. En algún momento seguramente también estuvieron echados a perder, como el resto de nosotros; la diferencia ente ellos y nosotros es que ellos supieron resolver su problema, mientras la mayoría de nosotros seguimos atorados. Sin embargo, hay que tomar en cuenta de que el primer paso para resolver todo problema, es tomar conciencia de que el problema está ahí. Ahora que sabemos que estamos pendejos, podemos trabajar para resolverlo. Si queremos pues; si no, no. Yo sí quiero. En cinco años les aviso cómo voy.

lunes, 9 de enero de 2012

La necesidad de sentir la cartera llena

¿Les ha pasado que se levantan un lunes, mucho antes de su hora acostumbrada, con la sensación de que tienen que hacer algo, pero no recuerdan qué? Casi me pasó hoy. Y digo casi, porque en realidad recordé casi inmediatamente que hoy era mi cita con dos supermodelos.

Dicen que si frotas lo suficiente a dos de ellas, puedes prender fuego.

Ya espabilado, recordé que lo que tenía era cita con el dentista, pero ignoraba a qué hora. Tomé mi cartera, donde con seguridad estaría el papel donde siempre traigo anotada la fecha y hora de la siguiente cita. Mientras buscaba, me topé con lo siguiente.

Una tarjeta de débito rota, expedida en 2008 y aún con su calcomanía de "Tarjeta Desactivada", señal de que jamás la usé, no recuerdo por qué. Voy a checar el saldo para ver si de casualidad soy millonario ya. Y si no, puedo enmarcarla como obra simbólica de mi apatía hacia el capitalismo, y nombrarla Die Apathie dem Kapital (en el idioma de Marx, por supuesto, para que suene más acá). Los hipsters la adorarían.

La tarjeta de presentación de un excompañero de la prepa que hacía años no veía. Me lo topé en la calle hace meses, y ambos hicimos lo que normalmente se hace en esos casos: Saludarnos, resumir los últimos quince años en una plática de tres minutos, y despedirnos con un "hay que hablarnos y hacer algo". Por supuesto, sin intención alguna de llamar jamás.

Dos tarjetas de cliente distinguido de Domino's Pizza. No sé por qué jamás las usé, tal vez por lo malas que son. ¿Y por qué dos? Porque seguramente al momento de tomarlas tenía hambre.

Con un poco de sal, saben mejor que la misma pizza.
Dos tarjetas de distinguidos clubes, el World Men's Club y el Gallery Girl's Club. ¿Quién no ama el uso de los apóstrofes en este tipo de nombres? ¿Y a poco no es divertido el que una diga Men's Club y la otra Girl's Club, y sin embargo ambas estén dirigidas a hombres? Y en última instacia, ¿qué hacía un soltero atractivo como yo con estas tarjetas? Seguramente me las dieron en algún semáforo y yo, siempre conciente del problema ambiental, no quise tirarlas donde fuera. La primera tenía la "foto real" de una tipa nalgona, y la segunda un logo sospechosamente parecido al del Boston Medical Group, a lo mejor porque también hacen que se te pare (aunque se vería mejor si lo escribieran "Boston's", ¿a poco no?).

Una tarjeta del Castillo Hochosterwitz, con el nombre de un esloveno que era guía en el museo del castillo, de hace año y dos meses que me mandaron a Austria por la empresa donde trabajaba. Ese castillo lo visté un día muy temprano (tanto, que yo era el único turista), así que pude quedarme platicando con este señor y con la monita de la tienda de souvenirs. Conocer a este tipo de personas que no tienen nada qué ver con uno es lo más enriquecedor cuando se viaja. Hasta me invitaron cigarros y una ginebra afrutada que sabía bastante mal, pero que no me iba a quedar sin probar.

Una tarjeta de la Tuna Universitaria de Aguascalientes. No, no la fruta. Hasta donde yo sé, no hay frutas que vayan a la universidad, salvo una que otra fresa. Estos eran como una estudiantina (no entendí la diferencia cuando nos explicó), con cuyo director nos topamos en una cantina de Jalostotitlán, cuando veníamos regresando de las fiestas de San Julián. Estaban cantando en la cantina a la que llegamos, y al ver que los parroquianos les invitaban cerveza, nos pusimos a cantar con ellos y tuvimos una borrachera gratis.

Siete recibos de ticketmaster, por compras de boletos para conciertos. Cuáles, quién sabe, pero los boletos ya están en su respectiva caja de recuerdos felices.

La tarjeta de presentación de "Los Filósofos", trío que contratamos para llevarle serenata a mi madre en su día. También otra de "Voces de mi Tierra, el mejor concepto músico vocal". Esa última borrachera no la recuerdo.

Una tarjeta de un gringo loco que conocimos en la playa michoacana "La Llorona". Es de Alaska, y cada invierno agarra su camper y atraviesa tres países manejando hasta esta playa, donde monta un campamento masivo y se queda a vivir unos meses con su esposa. El resto del tiempo trabaja como guía de aventuras en las montañas de su tierra. Yo de viejo quiero ser como él, pero sin vivir en Alaska.

La tarjeta de mi expirado seguro de gastos médicos, al cual renuncié al salirme de mi último trabajo. Ahora me encuentro a merced del IMSS. Puesto así, creo que dejaría de fumar, de no ser que, por la fecha, parecería propósito barato de año nuevo, y todos sabemos que esos jamás se cumplen. Pero ahora sí, en febrero lo dejo.

Había aún dos o tres tarjetas más, de cosas con aún menos importancia que todo lo anterior. Y eso sin mencionar las cosas útiles.

Sport Billy, mi cartera es mejor que tu jodido maletín.

¿Será que he desarrollado el hábito de traer la cartera tan llena de cosas para al menos sentir que traigo algo? Por las dudas, no tiraré todas las tarjetas; uno no sabe si algo así puede ser causa subconsciente de depresión, y tal vez necesite rellenar la cartera con cosas inútiles para volver a sentirme bien.

Y el papel con los datos de mi cita con el dentista, jamás lo encontré.