viernes, 1 de julio de 2016

Una cosa en el mundo

Alguna vez me preguntaron: Si pudieras eliminar una sola cosa de la faz de la Tierra, ¿qué sería?

Me tomé mi tiempo para responder. Consideré varias opciones, como la pobreza, el hambre, la guerra, la discriminación, la sobrepoblación, la corrupción, el sufrimiento, el reguetón, la mayonesa y los hipsters.

O ya de plano el oxígeno, para morirnos todos a la chingada.

Al final, respondí que el egoísmo.

El egoísmo es eso que nos hace no ver más allá del "como yo estoy bien, el mundo está bien". Cada quien vivimos en una burbuja individual que no nos deja ver que todo lo que sucede fuera de ella nos afecta. Es lo que causa que pongamos nuestra música a todo volumen, porque nuestra música es la que más rifa, y que se jodan todos los vecinos a los que no les gustan los narcocorridos o el death metal.

"¿Cómo que no a todo el mundo le gusta Prostitute Disfigurement?"

Más aun, el sistema socioeconómico bajo el que vivimos premia el egoísmo. Quienes saben jugar el juego, se enriquecen, y por supuesto que no van a compartir su fortuna con el resto, siendo que lo ganaron por "méritos propios". Esto causa desigualdad, pobreza y hambre, porque muy pocos tienen las habilidades, herramientas y oportunidades para aprender a jugar; de ganar, mejor ni hablamos.

También causa corrupción, porque qué importa romper unas cuantas reglas, mientras al final el beneficiado sea uno mismo; sabemos que está mal y tenemos una vaga noción de que estamos perjudicando de alguna manera a alguien, pero no sabemos a ciencia cierta ni cómo, ni a quién, lo cual es muy conveniente y aligera nuestras conciencias.

"Hay niños en África que no tienen a quién morder. Pero meh."

Para que este sistema siga funcionando, nuestra educación nos convierte inevitablemente en egoístas desde que somos niños. Desde pequeños se nos inculca un orgullo por la nación, la cultura y la religión bajo las que nacimos, sin haber hecho nosotros nada que respalde ese orgullo. Este egoísmo llevado a un nivel nacional/cultural/religioso causa guerras, discriminación, y constituye una distracción constante para los egoístas pobres, que se la pasan pisoteándose unos a otros, lo cual es muy conveniente para esos otros egoístas que llevan las riendas y se benefician con ello.

Por supuesto que, mientras más gente sea parte de una cultura/país/religión, es mejor para la causa. Así que nos bombardean con publicidad sobre lo fabulantástico que es ser padre/madre y nos educan para tener hijos a discreción, para tener la mayor cantidad posible de pequeñas versiones de nosotros que continúen con nuestro legado, sea lo que sea que eso signifique. La gente se llena de hijos porque la sociedad lo demanda, porque sin ellos no dejas semilla, porque se le está yendo el tren, porque quién los va a cuidar de viejos, porque "así debe ser". Así que este egoísmo también es causa de sobrepoblación.

"Desarrollo sustentable, lame mi escroto."

Si combinamos sobrepoblación con desigualdad, el resultado es un sufrimiento de proporciones descomunales para nuestra especie. Agreguémosle que, en nuestro egoísmo colectivo, creemos que el planeta es nuestro, y todas las especies del planeta sufren. Una catástrofe.

¿Entonces, al final, el egoísmo es la causa de todos nuestros males? No sé si de todos. Lo dudo. De una gran parte, sí. Creo que el problema con los humanos modernos es que tenemos un conjunto de características que, en algún momento de nuestra historia, representaron una ventaja evolutiva. Como la agresión, que en su momento ayudó a que nuestros ancestros sobrevivieran a un ambiente hostil y lleno de depredadores. El instinto de supervivencia podría ser una forma de egoísmo primitivo que motiva a los animales que viven en manada a proteger a toda la manada de amenazas externas, pero al mismo tiempo a intentar ser el miembro alfa, ya en la dinámica interna.

Lo que nos distingue del resto de las especies es la conciencia que tenemos de nosotros mismos. Al parecer, el precio que pagamos por ella fue un egoísmo sobredesarrollado, un instinto de supervivencia que degeneró al pasar a un plano consciente, y que nos está llevando a desequilibrar el medio ambiente, la distribución de alimento, de agua, de energía, y de riqueza. Somos conscientes de nosotros mismos sin ser conscientes de nuestro egoísmo y todo el mal que causa. Es por eso que lo eliminaría del mundo, si pudiera. El gen del egoísmo, o algo así. Ya no lo necesitamos en el mundo que hemos creado gracias a esta conciencia y a un intelecto que nadie más tiene, pero que no termina por predominar sobre las conductas más básicas de agresión, supervivencia y reproducción.

¿Mandar selfish.gen a la papelera? Sí, por favor.

Pero no puedo. Cambiar la naturaleza humana a ese nivel puede llevarle varios millones de años a la evolución. No estoy seguro de que sobrevivamos tanto. Mejor me dedico a aceptar ese egoísmo que me hace humano, tratando de vivir una buena vida, haciendo el menor daño posible, y compartiendo lo poco que tengo con las contadas personas que de verdad me importan (menos las drogas, ésas que cada quién consiga las suyas). En realidad, un mortal como yo no puede hacer mucho más.

viernes, 17 de junio de 2016

Arqueólogo del futuro, esto es para ti

Antes de la invención del lenguaje, el único legado que podía uno dejar eran crías entrenadas para sobrevivir. Éramos como animalitos: Si queríamos preservar la especie, debíamos reproducirnos rápidamente y enseñarles a nuestros hijos cómo matar mamuts, antes de morirnos de una infección en el meñique o de resignarnos a nuestro lugar en un eslabón intermedio de la cadena alimenticia.

"Ñam."

Sabemos mucho sobre la humanidad de ese entonces gracias a los huesos y herramientas que hemos desenterrado; mas no sabemos nada de ellos como individuos, salvo que a algunos les gustaba el graffiti, y que unos pocos genios anónimos de entre millones en algún momento descubrieron cómo hacer fuego, inventaron la rueda, la prostitución y cosas así.

Con el lenguaje, nuestro legado colectivo se hizo mucho más poderoso: El conocimiento pudo ser transmitido oralmente de una generación a otra, y así podíamos indicar a las nuevas generaciones cuáles plantas eran alimenticias, cuáles venenosas, y cuáles les permitían platicar un rato con los dioses del bosque. Pero las historias de las personas transmitidas de esta manera suelen modificarse mucho con los siglos.

A veces, con los minutos.

Tampoco sabemos mucho sobre individuos específicos de ese entonces, salvo algunos nombres legendarios de héroes míticos que sobrevivieron hasta la siguiente gran invención: La escritura.

Con la escritura, cambió todo nuevamente. Pudimos plasmar y conservar sucesos, pensamientos y sentimientos de manera íntegra a través de siglos. Gracias a la escritura conocemos, con un nivel decente de detalle, las obras y hazañas de grandes pensadores, poetas y guerreros. Hay individuos que nos legaron tanta correspondencia, que además de su obra, conocemos hasta sus vidas personales. Y bueno, después de algunos milenios escribiendo, en la actualidad incluso nos damos el lujo de escribir basura, porque los grandes inventos no tienen ningún sentido si no puedes usarlos para estafar a la gente tarada.

Toma esto, Gutenberg.

En esta era de la información, prácticamente todo este legado ya está almacenado digitalmente y disponible desde los aparatos que traemos en la bolsa del pantalón.

Hoy, por primera vez en la historia de la humanidad, una cantidad inmensa de personas, incluso las que no hacemos nada relevante o interesante con nuestras vidas, dejamos un legado, más detallado que nunca. Ya no es necesario saber cazar, tener hijos, ni siquiera saber escribir; muchas veces hasta es un legado involuntario. El único requisito es contar con un dispositivo conectado a la internet. A estas alturas, el legado digital del Werevertumorro probablemente sea ya más amplio que el de Karl Marx.

Dentro de tres mil años, cuando hayamos colonizado la Vía Láctea y la Tierra sea un desierto radioactivo, abandonado y casi mítico, los arqueólogos querrán estudiar el albor de la era digital de la humanidad, almacenada en los servidores de Google que sobrevivieron a la guerra civil que estalló en la capital de la entonces naciente Confederación Interplanetaria en el año 2139.

Ahí encontrarán un legado abrumadoramente inmenso: Cada chiste que hayamos publicado en la Red, cada reflexión, cada correo electrónico, cada poema, cada foto, cada video, tus estados de cuenta, tu historial geográfico 24x7, tu blog pretencioso, tus dramas en línea, tus chats comprometedores, todo el porno que viste, un chingo de memes, y fotos tuyas con cara de perro.

"Sujeto MX001053746K: Kevin Godínez.
Diagnóstico: No me explico cómo hemos sobrevivido hasta el 5016.
Odio este trabajo."

O tal vez no. Pero por si acaso, me gustaría dejar el siguiente mensaje:

ARQUEÓLOGOS DEL FUTURO: NO DESESPEREN NI NOS JUZGUEN MUY SEVERAMENTE. ESTÁBAMOS MUY IMBÉCILES, PERO SEGURAMENTE USTEDES TAMPOCO SE SALVAN, PORQUE LO HUMANO NO SE LES VA A QUITAR. SI ESTÁN LEYENDO ESTO ES QUE SOBREVIVIMOS DE ALGUNA MANERA. A HUEVO. VAYAN Y EXPLOREN TODO EL MALDITO UNIVERSO. PUTOS TODOS.

viernes, 3 de junio de 2016

La terracería de la vida y el chango mayordomo

Mi año empezó muy mal. En enero perdí mi empleo, lo cual causó que muchos de mis planes se desplomaran. Y aunque mis planes no son la gran cosa, el trabajo me gustaba y había alcanzado un punto de estabilidad que yo esperaba que durara un buen rato, tal vez incluso hasta la llegada del momento soñado en que por fin podría retirarme a vivir en una playa tropical, atendido por simios mayordomos/guardaespaldas que me sirvan gin-tonics y ahuyenten a los vendedores de baratijas.

El sueño.

El desequilibrio que sentí en los meses siguientes me recordó mucho al que tuve hace unos años, al finalizar mi última relación que podríamos llamar "formal": Un vacío muy grande, incertidumbre, síntomas de depresión. "¿Qué voy a hacer ahora?" La incertidumbre es lo que cala más. Esas situaciones son como ir por la carretera de la vida, tener que dar un volantazo y tomar una terracería que quién sabe a dónde te lleve.

Con suerte, aquí.

Desempleado y con tanto tiempo para pensar estupideces, me empecé a dar cuenta de que el paralelismo entre relaciones laborales y sentimentales no se detiene ahí, sino que sus ciclos son muy parecidos. Al menos para nosotros, los "godínez", que preferimos (o nos conformamos con, no vayamos ahí por ahora) ser contratados a cambio de un salario fijo. Fíjense:

Al principio, en realidad no sabes lo que quieres. Pero te encuentras con alguien que te gusta y a quien le gustas, te ilusionas, idealizas, y comienza una relación. Al principio todo es bonito y feliz, pero con el tiempo van saliendo detalles. Te das cuenta de que hay cosas que no te gustan, incluso algunas que no estás dispuesto a tolerar. Comienzan las inconformidades, los problemas, de pronto pesan más las cosas negativas que las positivas, hasta que todo termina tronando.

Te sientes vacío y aturdido, no sabes qué demonios pasó ni en qué momento se fue todo al carajo. Eventualmente lo superas, y si aprendes la lección, en el futuro buscarás a alguien que no tenga esas cosas que no puedes tolerar.

Después de repetir el proceso varias veces, sigues sin tener una idea 100% clara de lo que quieres, pero tu lista de cosas que no quieres va creciendo más y más, por lo que podríamos decir que te vas aproximando a una idea de qué quieres, por eliminación. Te das cuenta de que no existe la perfección, pero al menos puedes buscar a alguien cuyas chingaderas puedas tolerar, y que te tolere las tuyas.

"Meh. Al menos las quesadillas le quedan buenas."

Puedo leer estos últimos párrafos pensando en una relación sentimental o en una laboral. Esas cosas que no toleras pueden ser lo posesivo o lo controlador de una pareja, o la filosofía de trabajo o falta de prestaciones de un empleo. He visto muchos matrimonios terminar y destrozar a los dos, que creyeron que duraría para siempre, cuando sólo era una relación más, una por la que apostaron erróneamente y tal vez antes de tiempo. O personas que se niegan a dejar ir un trabajo, soportando toda clase de abusos, porque dónde diablos van a encontrar algo mejor. También he visto unos pocos casos excepcionales de personas con suerte, que aciertan a la primera y terminan toda la vida juntos con su amor de la prepa, o que se jubilan a los 50 años del empleo que tuvieron desde la adolescencia.

No sé. Es muy fácil decir todo esto desde una posición estable como la que tengo ahora que encontré un trabajo mucho mejor que el que tenía. Tal vez en diez años esté trabajando como peñabot y en una relación con alguien sólo porque también es amante de la naturaleza, fan de Tarantino y terriblemente solitaria, como yo. Uno nunca sabe. 

Es posible, pero es poco probable. ¿Saben por qué? Porque al final del día no necesito ninguna de las dos cosas. Sí, un empleo me da estabilidad, pero si llegara un momento en el que ya no pudiera conseguir uno, lo más seguro es que sobreviviría de alguna u otra manera.

En tu cara, pinche vida culera.

Lo mismo pasa con la pareja: Si eventualmente llega alguien, excelente, pero si no, no se necesita para estar uno bien, y hay que estar bien para cuando llegue ese alguien con quien tener una relación saludable, si es que llega.

La clave está ahí, en no dejar que nuestra vida o nuestra felicidad dependan de tener un empleo o una pareja. Incluso, muchas veces serás más feliz dando el volantazo voluntariamente, tomando la terracería un rato y mandándolos al carajo, sin olvidar nunca que tu objetivo último es tener simios mayordomos, con o sin pareja, con o sin empleo. Analizar, aprender y no volver a hacer las estupideces que ya cometiste. Reinventarse de vez en cuando no está nada mal. Este año va muy bien.

viernes, 20 de mayo de 2016

Asadores gratis y vidas de plantilla

Recientemente recibí un correo de recursos humanos en el que preguntaban quiénes de mi departamento son padres, con el fin de ir comprando los regalos del día del padre. Según conversaciones que escuché por los pasillos, el año pasado todos ellos recibieron un asador.


"¡Felicidades! Lograste reproducirte, algo que sólo logra el
84% de los humanos."
Y aunque un asador es demasiado para mi pequeño departamento de 40m² sin patio, no pude evitar sentirme discriminado. Un asador no es poca cosa. Hasta estuve tentado a decir que tengo un par de hijos regados, de madres distintas, sólo para ver qué me dan de regalo.

“Tenga, buen hombre. Tantos reclamos deben tener a sus tímpanos
hechos una lástima.”
Y es que lo que la sociedad espera de alguien como yo (clasemediero de 35-40 años con educación universitaria, empleo decente, no tan feo y no tan tarado) es que tenga una esposa, una casa (con jardín, así como para poner un asador), un par de autos, de uno a tres perros y de uno a tres hijos. O al menos tres de esas cinco, lo que sea que demuestre que tiene uno ganas de ser normal; pero no cero de cinco, carajo.

Llega una edad en la que, si estás casado, todo está bien a ojos de la gente; pero si estás soltero, todo está mal. Es fácil distinguir cuándo llegas a ese punto: Si en determinado momento anunciaras que vas a tener un hijo y crees que la reacción de la gente sería de gusto y no de sorpresa, ya cruzaste la línea. A partir de ese momento, mientras no "sientes cabeza", estás mal.

De pronto, en las reuniones familiares te empiezan a preguntar tu edad y a echarte miradas interrogatorias que dicen: "Ok, sabes perfectamente qué quiero preguntarte. Si puedes, no me hagas decirlo, por favor, porque sé que es incorrecto, pero me gana la curiosidad." Si te haces el desentendido, finalmente preguntarán: "¿Y los chamacos?" El otro día, incluso facebook me puso publicidad de la prepa del Tec, para que mis hijos sean todos unos ganadores.

"¿Más de 35? A fuerzas tiene chamacos en edad
de entrar a la prepa. Además, caga dinero."
Combinando familia con facebook, el resultado es mayor que la suma de las partes. Cada que una amiga me etiqueta en una foto en Facebook, mis tías, madrinas y demás llegan en menos de dos minutos a poner comentarios como “Qué bien se ven juntos”, o “Qué feliz te ves”. Lo que yo leo en esos comentarios es: “Anímate, chica desconocida, es un buen partido y el pobrecito sigue solo. Ya tiene casi 40 y se le va a ir el tren, no seas acá y dile que sí. Igual y hasta tiene dinero para mandar a sus chamacos al Tec. Porque queremos chamacos pronto, ¿eh?”

Agreguemos a eso el hecho de que, por ser soltero, en la oficina te toca la guardia de vacaciones porque al cabo que no tienes familia para llevar a la playa, no te toca asador de regalo el día del padre porque reprodúcete o jódete, y el don que tiene en renta el departamento que quieres prefiere rentárselo a una familia, porque tú de seguro eres un desmadre.

Buena suerte cobrándoles a tiempo, tarado.
Me es evidente que existe discriminación contra los solteros sin hijos. Muy sutil y apenas significativa, pero si me preguntan, el trasfondo es algo muy similar a la postura de la iglesia católica respecto al matrimonio entre personas del mismo sexo: Si no te reproduces, no sirves. Tal vez yo lo siento más, por pertenecer probablemente al grupo demográfico menos discriminado de todos, que es el de los hombres adultos de piel nada oscura. O no sé. A lo mejor una chica divorciada y sin hijos lo sentiría más aún. En realidad, mi postura no es contra esta leve discriminación, sino contra lo que yo llamo "vida de plantilla", o "prefabricada".

Más me vale ir comprando mis palos de golf. Esas cosas son caras.
Y es que esa sutil discriminación no es nada comparada con la alternativa de tener familia y luego andar fantaseando con no tener las obligaciones que eso implica, con ser libre y poder gastar tu tiempo y tu dinero en ti mismo, y no poder hacerlo por tener que comprar pañales y pagar colegiaturas. Es un fenómeno que veo a diario. Gente que ansía no seguir el camino de la vida de plantilla, y sin embargo, lo hace.

Incluso, del otro lado, muchos solteros no lo estamos completamente por elección. A unos nos ha ido mal, otros nos hemos hecho más mamones selectivos con la edad, otros no nos hemos adaptado a las reglas del juego que han llegado a imponer las nuevas formas de comunicación.

1. No más llamadas, todo es por texto.
2. Sólo muestra el interés suficiente para que se dé cuenta de que te gusta,
pero no tanto como para que se asuste.
3. Deja sus mensajes en "visto" para hacerte el interesante.
4. Nada se habla, todo son indirectas por FB o Twitter.
5. ¿No te gustan estas reglas? Tú pierdes, y terminarás ahógandote en tu
propia inseguridad, preguntándote qué carajos hiciste mal.
Creo firmemente que casi nadie, ni con hijos, ni casado, ni soltero, tiene una idea clara de lo que quiere hacer con su vida. Las cosas no funcionan así. Mi hipótesis es que, conforme vas viviendo, vas dándote cuenta de cosas que NO quieres en tu vida, y así con el tiempo vas filtrando y se va aclarando un poco en tu cabeza la idea de lo que realmente quieres. Por ejemplo, podemos aplicar esta idea en las relaciones laborales y en las amorosas: Al principio no tienes idea y te agarras de lo primero que te agarre, pero cada relación te va enseñando cosas que no estás dispuesto a tolerar, y así poco a poco, por eliminación, se forma tu propia idea de qué SÍ quieres. Creo que la vida funciona igual.

El problema es que muchas veces, cuando esa idea de vida comienza a cobrar forma, ya cediste demasiado ante las presiones sociales y avanzaste demasiado en el camino de la vida de plantilla, y no te puedes salirte de ella sin afectar a otros, muchas veces siendo esos otros tus propios hijos, que son lo que más quiere uno en el mundo. Dicen, yo no puedo saberlo.

Así como hay gente que tiene a sus chamacos, y con sólo verlos casi puedes decir que nacieron para criar niños, hay muchos otros a quienes de plano no se les da. A otros tal vez se nos da, pero simplemente no queremos.

Juzgar a unos y regalarles un asador a otros por cosas asuntos que tal vez ni ellos decidieron, o quisieron, o estuvieron siquiera bajo su control, se me hace el resultado estúpido de un sistema de reglas y estándares sociales más estúpido aún. Creo que también se vale decir, "al carajo, yo mejor juego a otra cosa."

Otra cosa.
Estoy convencido de que vivir fuera de la plantilla es su propia recompensa.

viernes, 22 de abril de 2016

Ni aunque los eduquen

Según esto, hoy es el día de la Tierra. Todo el mundo se vuelve ecologista y comparte consejos ambientales y fotos de osos polares sobre pequeños témpanos de hielo en sus redes sociales. Algunos incluso alivian su parte de culpa por la destrucción ambiental plantando un árbol. Pero como ya hemos dicho antes, este tipo de iniciativas sirven de muy poco, o hasta contraproducentes pueden resultar.

“Total, ya planté un árbol ayer.”

Pues bien, yo les tengo a todos el mejor de todos los consejos ambientales: Dejen de tener hijos. En serio.

En primer lugar, lo obvio: Cada nueva persona que llega a este mundo va a consumir una cantidad inmensa de recursos a lo largo de toda su vida: Agua, comida, energía, drogas, los sueños de sus padres. Por más ambientalmente responsable que eventualmente llegue a ser la persona, es un hecho que no puede vivir sin realizar este consumo, y cada uno de nosotros cuenta. De hecho, es mucho más probable que la basura que generas a lo largo de tu vida tenga un impacto en el mundo más grande que tu propia vida. Dentro de 100 años ya nadie se acordará de ti, pero los restos de los smartphones que cambias cada año seguirán vertiendo metales tóxicos en el subsuelo.

En segundo lugar, dado que a la mayoría de la gente le importa un carajo el planeta, una persona cualquiera tiene muchas más probabilidades de nacer en un entorno totalmente adverso para la toma de conciencia ambiental que en uno favorable.

Viendo el lado positivo, recordemos que la ignorancia es felicidad.
“Pues yo sí soy capaz de educar bien a un hijo, fíjate”, van a decirme, por supuesto. Y está bien. Les creo. Pero en tercer lugar, aunque seamos los mejores padres del mundo y criemos a un hijo o hija ejemplar, de todos modos será siempre parte de una minoría consciente y frustrada por la existencia de una mayoría preocupada sólo por sí mismos. Lo habremos traído a un lugar horrible y hecho consciente de qué tan horrible es. ¿Quién querría algo así para sus retoños?

Criar y educar bien a un hijo no es fácil. No cualquiera puede hacerlo. La cosa es que todo el mundo los tiene todo el tiempo, sin control alguno, cual especie invasiva que llega a destruir el equilibrio de un ecosistema, pero en una escala global. ¿Queremos realmente distinguirnos de los animales? Vayamos en contra de ese instinto de reproducirnos sólo porque podemos; de esa idea de que hay que dejar un legado en forma de pequeñas versiones de nosotros. Es un hecho que no le vamos a dejar un mundo mejor a nuestra descendencia; mi opinión es que lo mejor es no dejar una descendencia que sufra por el mundo, o peor, que lo haga sufrir aún más.

lunes, 11 de abril de 2016

¿A quién carajos rezarle?

Hoy, después de muchos años, sentí la necesidad de rezar.

Eso es un problema muy grande cuando no sabes ni a quién, ni a qué rezarle; cuando no crees en un dios de la manera convencional.

Muajajaja.

El Universo se rige por las reglas de la física. Descifrar esas reglas es lo que mantiene a los astrónomos, físicos, químicos, biólogos y demás tan ocupados; pero al final, lo que buscan los físicos es una fórmula, o conjunto de fórmulas, que lo resuelva todo: la Teoría del Campo Unificado. Una fórmula que explique tanto las ondas gravitacionales como las interacciones entre partículas subatómicas. Muchos podrían llamar a esta fórmula "Dios".

Otros prefieren una salida más fácil, y llamar "Dios" a un señor barbudo que vive en el cielo y te espía en todo momento, aún cuando te masturbas. Pero a fin de cuentas, todos estamos buscando una respuesta a una pregunta: ¿Qué hay detrás de todo aquéllo que no entendemos? La diferencia está en con cuál respuesta te conformas.

Yo, por ejemplo, no entiendo por qué carajos mi mejor amigo tuvo un accidente que le lesionó varias vértebras, y que lo dejará incapacitado por, al menos, un par de meses. Me dolió mucho, pero ese dolor no podría jamás compararse con el suyo. Ese dolor es muy difícil de imaginar, cuando lo único que te han roto es el corazón.

Drama, drama, drama.
Cuando llegué en la ambulancia con él al hospital, con su familia esperándonos, le dije a su mamá que qué mala suerte tiene, siempre le pasa todo. "Es que nunca se persigna", me respondió. Yo tampoco me persigno nunca, y no me pasan esas cosas, así que Jesús está fuera de la jugada. Si acaso sé algo, es eso.

Hoy, mientras él entraba a cirugía y yo iba rumbo al trabajo, sentí ganas de rezarle a alguien. Pero no supe a quién. ¿A Jesús? Puaj. ¿Al Universo? Ni que fuera hippie. ¿A Odín? ¿A Ehécatl? Tal vez. Se lesionó disfrutando del aire, piloteando un parapente.

Larga vida a los maestros-aire.
No supe a quién, y ahí iba yo, en el camión, con esas ganas de rezarle a alguien porque todo saliera bien queriendo salir en forma de ganas de llorar, porque en el fondo entiendo que Dios, sea Jesús o sea una fórmula, no quiere ni atiende a nadie en especial. Todo se rige por las reglas establecidas, no hay más.

Al final la cirugía salió bien.

Gracias, Ehécatl. O quien sea.

lunes, 12 de octubre de 2015

Pinche Colón culero. Pinche mexicano huevón.

Decir que los mexicanos somos el producto de la mezcla de españoles e indios es muy fácil y muy huevón. Es casi como decir que España se folló a Tenochtitlan y de ahí salió México. Casi como decir que Hernán Cortés se folló a la Malinche y tuvieron una hija de la que salimos todos los mexicanos. Nos encanta ver todo en términos de follar, probablemente porque nos encanta follar, y porque es algo que entendemos sorprendentemente bien, según los indicadores demográficos.

Incluso cuando alguien es lo suficientemente valiente como para introducir un tercer término en la ecuación (los negros africanos traídos durante el período colonial), el planteamiento sigue siendo un tanto huevón; aunque es un ejercicio divertido el tratar de recordar todos los nombres de castas que aprendimos en la primaria: Mestizos, criollos, mulatos, zambos.

Saltapatrás. Del saltapatrás siempre alguien se acuerda en algún
punto de la plática, y todos reímos como locos.
Y es que, para empezar, los españoles no fueron españoles siempre. En 1492 no existía el concepto de nación, y lo que sería España apenas estaba tomando forma, con la unión de varios reinos que tenían el propósito común de expulsar de la Península Ibérica a los moros, quienes ocho siglos antes habían invadido al Reino Visigodo, que se fundó tres siglos antes al colapsar en esa región el Imperio Romano de Occidente, que duró seis siglos a partir de que la arrebató en parte a los cartagineses (descendientes de fenicios) y en parte a tribus celtas que vaya uno a saber a quiénes hayan asimilado, cuántos siglos antes.

Probablemente a judíos. Todo el mundo trae algo
siempre contra los judíos.
En lo que sería México, tampoco existían los mexicanos. Existía una multitud de cientos de pueblos moderadamente civilizados, muchos de ellos sometidos por los aztecas, una tribu de imperialistas recién llegados al Valle de México, y que, tecnológicamente, estaban todos en la edad de piedra. Esto último es duro de aceptar, pues del otro lado del mundo hubo civilizaciones que superaron esa etapa tecnológica hace ocho mil años.

No es que fueran tontos. El conocimiento científico de los indígenas precolombinos era inmenso, y en muchas áreas superaba al europeo; pero a la hora de los catorrazos, las espadas de madera y obsidiana y las armaduras de algodón poco pudieron hacer contra el acero, la pólvora y las tácticas avanzadas de los invasores.

Y las armas biológicas.
Los negros traídos como esclavos también deben tener una historia similar. De hecho, lo más probable es que fueran de muchos pueblos distintos, cada uno con una ascendencia igual de complicada, pero que la historia nos describe sólo como "negros traídos de África", porque qué carajos nos importa la historia de los pobres negritos, así de huevones como somos.

La conquista por un pueblo más avanzado tecnológicamente era casi inevitable, estando el mundo en plena edad de la exploración. Sólo era cuestión de ver quién lo haría primero, y coincidió que la naciente y vigorosa España necesitaba con urgencia una ruta comercial hacia el Lejano Oriente, una que no los pusiera en competencia directa con la otra potencia marítima del momento, los portugueses, que no dejaban que nadie más utilizara "su" ruta, circunnavegando África.

Para ello, los reyes españoles encontraron a un tipo muy loco, muy huevudo y muy convincente en quién hacer una inversión a fondo perdido, que resultó ser una de las mejores de la historia, y cuyas consecuencias siguen siendo cuestión de polémica en pleno siglo XXI.

¿Yo qué, culeros? Yo sólo quería strippers con ojos rasgados.
Pero sólo son polémicas porque queremos hacerlas así. La historia de todos los pueblos de la Tierra está llena de guerras, epidemias, mestizajes, choques culturales, catástrofes naturales, genocidios e imposiciones religiosas. La conquista del continente americano por europeos no es muy diferente, en esencia, de la conquista de la cuenca del Mediterráneo por los romanos, o de la conquista de medio maldito mundo por los mongoles.

Los humanos cometemos el error de pensar que la persona que somos en este momento es la persona que seremos por el resto de nuestras vidas. Los pueblos hacen lo mismo. Pero todo está en constante movimiento. Por ejemplo, hace treinta años había soviéticos y yugoslavos, hace setenta no había israelíes, y hace quinientos no había mexicanos.

Este proceso evolutivo de los pueblos implica cosas buenas y cosas malas. Muchos sufren y unos pocos siempre sacan ventaja de la situación. Pero así ha sido durante milenios, e incluso la estrategia de aliarse con una potencia foránea (los pueblos indígenas dominados con los españoles) en contra de la potencia local dominante (los aztecas) siempre ha existido, y casi siempre ha dado el mismo resultado: La victoria total de la potencia foránea.

Los pueblos, como las personas, no seremos siempre lo que somos en este momento, sino sólo el producto de todo nuestro pasado: Lo bueno, lo malo, lo disfrutado, lo aprendido y lo olvidado. Y lo follado. No olvidemos esa mezcla genética de culturas, que invariablemente tiene como fruto la fusión de artes, ciencias y delicias culinarias.

La polémica que surge se debe a que hablamos de una herida reciente en un país lleno de nacionalistas con crisis de identidad nacional. Cada quién ve su propio subconjunto de aspectos positivos y negativos, y nadie ve todo como un gran conjunto de sucesos que no podemos cambiar. Y lo que sí podemos cambiar, que es la actitud de víctima al tomar toda esa historia, toda nuestra ascendencia fenicia, romana, náhuatl, morisca, tolteca, celta y negra de algún lugar de África olvidado por la historia, no la cambiamos porque estamos muy ocupados discutiendo de qué somos víctimas. Eso es más fácil y huevón.

A mí no me gusta todo mi pasado, pero me gusta quién soy en este momento. No me gusta toda la historia de mi país, y no me considero nacionalista, pero me gusta ser mexicano, con todo lo bueno y lo malo que ya pasó y que no puedo cambiar, con todo lo bueno y lo malo que está pasando y que sí puedo cambiar. Ponerme a discutir si lo que hizo gente que vivió hace quinientos años fue bueno o malo, es algo en lo que no quiero perder mi tiempo; porque qué hueva.

miércoles, 1 de abril de 2015

De aterrizajes forzosos y lecciones de vida

El domingo pasado me vi obligado a aterrizar en las faldas de un cerro. Afortunadamente no fue piloteando un avión, ni la causa fue el padecer de depresión clínica; fue piloteando un parapente, y la causa fue el andar de obstinado queriendo agarrar corrientes de aire ascendente, y fallar. El castigo por mi ineptitud fue tener que desenredar las cuerdas de la vela de un montón de arbustos espinosos, y caminar dos kilómetros hasta la carretera cargando veinticinco kilos de equipo.

Mientras caminaba por las brechas que bajan del cerro, una nube cada vez mayor de mosquitos se iba acumulando a mi alrededor. Llegaron a ser varios cientos, estoy seguro. Comencé a caminar más rápido, esperando dejarlos atrás y que tuvieran que regresar a sus guaridas, pero fue inútil: Al parecer, a esos desgraciados no les importa no volver a ver a sus seres queridos con tal de ingerir una buena dosis de sangre humana.

"Adiós, pequeño Fidencio. Dile a tu madre que digo yo
que hasta nunca, pinche bruja."

Incluso hubo un rato, mientras la brecha era cuesta abajo, en que intenté correr. Así aprendí que la velocidad relativa de una nube de mosquitos hambrientos con respecto de la de su víctima es exactamente cero en todo momento. Casi podía escuchar la música de fondo que quedaba perfecta para tal situación.




Llegué a la carretera y no tuve más hacia dónde huir en lo que llegaban por mí. Decidí que aún no estaba listo para morir desangrado, así que corté una rama de pino y con ella comencé a lanzar golpes por toda mi superficie, especialmente las piernas. El efecto inmediato de ello fue que los conductores que pasaban por ahí resultaban sumamente entretenidos.

"No nos prestes atención. Sólo somos psiquiatras y
pasábamos por aquí. Sigue con lo tuyo."

Pero el propósito principal se cumplió, y los moscos empezaron a caer como moscas (¡juar!). No todos morían, pues la rama de pino resultó ser una extraordinaria arma contra esos engendros infernales. Las delgadas hojas de pino impulsadas a gran velocidad hacían añicos a sus frágiles aparatos voladores, haciéndolos caer y quedarse retorciéndose inútilmente, muriendo lenta y dolorosamente. Lo habría disfrutado enormidades si hubieran caído todos en algún punto, pero jamás tuve oportunidad de una tregua.

Al final quedaron pocos vivos cuando llegó la camioneta por mí. Y como toda experiencia que no se disfruta, lo realmente importante de esto fue el aprendizaje que me dejó:

1. El humano no es el único animal lo suficientemente estúpido como para dejarlo todo sólo por alguien que vieron a la pasada y les gustó.

2. No puedes huir de todos los problemas. Siempre habrá alguno que te perseguirá, por más que corras, hasta que caigas derrotado o decidas tomar las armas que tengas a tu alcance y enfrentarlo (aunque conviene tratar de huir primero. Igual y pega).

3. La Pantera Rosa es una culera, sí, pero sólo porque el sufrimiento de una vida larga y difícil la ha hecho así. No hay que ser tan rápidos para emitir juicios; aunque tampoco podemos escudarnos en nuestra vida difícil para justificar nuestros comportamientos que son dañinos para otros. ¿Cómo definimos una vida difícil, bajo qué parámetros? ¿Se pueden establecer parámetros estandarizados para todos, o éstos son personalizados según las condiciones iniciales de vida que le tocan a cada quién? ¿Debemos reajustar los parámetros conforme nuestras condiciones cambian? Si es así, ¿qué hay de los traumas que ya nos dejaron las condiciones pasadas? ¿Cuál es el rango de comportamientos dañinos admisibles según la dificultad de la vida que te tocó? ¿Y si mejor nos drogamos?

martes, 24 de febrero de 2015

Mas si osare un extraterrestre enemigo

No estoy seguro de si soy el único que sufría de niño cada que había honores a la bandera. Por más que en las clases de civismo nos dijeran que había que honrar al símbolo patrio, que nos representa como mexicanos y todo ese discurso nacionalista, para mí era una tortura el estar ahí parado, saludando a un pedazo de tela y cantando un himno nacional con un vocabulario ininteligible. Los niños tienen mucho sentido común.

Cantarles a los trapos es algo muy mexicano.
Pero a pesar de mi disgusto por los honores a la bandera, siempre me gustaron las banderas, en general. Supongo que es un gusto que va de la mano con el gusto por la geografía, con patrones de colores representando regiones específicas del planeta. Además, una bandera como símbolo de una nación, representa en cierta forma la historia y tradiciones de cada pueblo, todo lo que ha sucedido hasta ser lo que hoy son, y que haríamos mal en olvidar. Podemos darles a las banderas cualquier cantidad de significados que queramos.

Rojo como el pozole rojo, blanco como el pozole blanco, y así.
Con todo, ahora que ya desaprendí casi todo lo aprendido en mis clases de civismo y de catecismo, creo que las banderas son utilizadas para mal, inculcando una mentalidad nacionalista que le hace mucho daño al mundo. Estoy convencido que tanto el nacionalismo como la religión contribuyen a generar xenofobia que impide que la humanidad se una en una causa común. Cada quién lucha por su dios, su trapo y su pedazo de tierra.

El azul de mi bandera es más azul que el de la tuya, zoquete.
Todo esto, como es natural, me llevó a pensar en invasiones alienígenas. Uno en su sano juicio siempre termina pensando en invasiones alienígenas, o al menos eso me dicen las voces. Y es que, en la ciencia ficción de poca calidad, los extraterrestres a menudo son depredadores de planetas que vienen a la Tierra a apoderarse de nuestros recursos y/o esclavizar a la especie humana. Pero analicemos esto un poco.

Todas las especies que nos han invadido en esas historias, deben tener forzosamente un planeta de origen en el cual evolucionar, convertirse en seres racionales y desarrollar tecnología para el viaje interestelar. Por consiguiente, deben de tener también una historia previa a los viajes espaciales, y probablemente esa historia esté llena de desacuerdos, guerras y genocidios (¿xenocidios?), incluso de religiones, cuando aún no sabían cómo funcionaban las fuerzas de la naturaleza y tenían que explicárselo de alguna manera.

Los caminos de Tlabv'h Zuuik son misteriosos.
Sin embargo, estos seres nunca vienen a invadirnos en nombre de los Estados Unidos de Zoh'waj, o de la Federación de Kzovaelak del Norte, ni siquiera del todopoderoso Tlabv'h Zuuik. Vienen en nombre de toda su especie. Por tanto, en algún momento de su historia, tuvieron que superar sus diferencias y trabajar con un objetivo en común, como lo es la colonización de la inmensidad del espacio (por lo mismo, si un día llegaran alienígenas de otro mundo, lo más probable es que fueran más bien seres civilizados).


O sea, hay estrellas con diámetros de casi tantos millones de kilómetros como millones de pesos robados del erario público en un año. De esas cantidades con muchos ceros que ni siquiera te alcanzas a imaginar bien y tu mente sólo abstrae como "un chingomadral".

Es un hecho que, si nos quedamos en este planeta, tarde o temprano nos vamos a extinguir, ya sea por un evento de extinción masiva (de ésos que hay periódicamente cada treinta millones de años, y ya toca), por la destrucción sistemática de los ecosistemas que estamos llevando a cabo justo ahora o, si sobrevivimos a lo anterior por mucho tiempo, por la muerte de nuestro Sol. Pero si queremos salir de aquí y sobrevivir, tenemos que unirnos como especie. Me queda claro que, de seguir con nuestras banderitas, fronteras y dioses, olvidando las lecciones del pasado que esas mismas cosas representan, jamás vamos a lograr esa unión y salir de esta roca para esclavizar alienígenas.

Definitivamente, creo que es esto lo que me causaba incomodidad y hastío cada que había honores a la bandera. Invasiones alienígenas. Ahora que lo sé y puedo expresarlo, las voces estarán tranquilas. Espero.


martes, 14 de octubre de 2014

La Luna Roja, la abuelita y el teléfono inteligente

Recientemente pudimos apreciar desde nuestro planeta un bello eclipse lunar. Un fenómeno que tal vez no sea algo extraordinario, como una supernova o un meteoro que termine con gran parte de la vida terrestre; pero sí es, hasta cierto punto, inusual. Y como buen evento astronómico inusual, dio pie a una buena cantidad de declaraciones desafortunadas, llenas de ignorancia y superstición, incluso por parte de líderes de naciones.





Una luna soviética, una luna de los Diablos del Toluca,
una luna Lannister.

No sé. Yo tal vez relacionaría más al eclipse con algún hecho sangriento vigente, como hicieron varios en redes sociales con los sucesos en Ayotzinapa, Guerrero. Pero una vez que lo piensas un poco, hacer eso es demasiado fácil, porque en realidad los hechos sangrientos jamás han cesado desde el inicio de la civilización. La sangre se derrama a diario, indistintamente del color de nuestra Luna.

Si en lugar de estar diciendo babosadas, toda esta gente se preguntara la verdadera razón por la que la Luna se pone roja e investigaran, sabrían que ello sucede porque, al estar completamente cubierta de la luz del Sol por la Tierra, la única luz que le llega es la que se refracta al atravesar la atmósfera de ésta. Las moléculas de aire y las partículas de polvo dispersan la luz, desviando la luz de longitudes de onda más cortas y proyectando hacia la Luna la luz de longitud de onda más larga, que nuestros ojos perciben como rojo. Si la Tierra no tuviera atmósfera, la Luna se pondría completamente negra durante un eclipse lunar.

Science, bitches!
Es exactamente la misma razón por la que vemos al Sol y a la Luna de color rojizo cuando están cerca del horizonte en un día cualquiera (cuando están en el horizonte, su luz atraviesa más atmósfera que cuando están sobre nosotros), y es algo que uno no tarda más de diez minutos en buscar, leer y comprender.

Si esta gente se preguntara el por qué de las cosas, se maravillarían al imaginar las posibilidades de planetas que orbitan estrellas binarias y tienen varios satélites, planetas lejanos con un cielo con dos soles y unas catorce lunas, donde habría posibilidad de múltiples eclipses simultáneos que la humanidad apenas y puede soñar con presenciar algún día. En un Universo tan vasto, seguramente existe algún planeta como el que imagino, o como los que imaginaron Asimov, Heinlein, Clarke, o hasta George Lucas.

¡NOOOOOOO!
Lo mejor de todo esto, es que entender el por qué sucede algo no le resta belleza al suceso. Una luna roja sigue siendo un evento inusual y hermoso, aún sabiendo qué lo causa.

Podríamos excusar la ignorancia de tanta gente diciendo no todos tenemos acceso a una buena educación.

Podríamos, pero la verdad es que ya no dependemos de nadie para que "nos dé" educación, ni siquiera del gobierno. ¿Se imaginan que cada quien tuviéramos a nuestra disposición un dispositivo portátil con acceso a todo el conocimiento humano? Bueno, pues nuestros smartphones, ésos que usamos para escribir tonterías en las redes sociales, tienen esa capacidad.

Los antiguos creían que la luna se ponía roja porque estaba siendo devorada por dragones, demonios, cerdos, jaguares o sapos de tres patas, dependiendo de la cultura. Pero mientras algunos contemporáneos piensan que la Luna se pone roja porque está siendo devorada por Hugo Chávez, otros contemporáneos ya han pisado su superficie y tienen funcionando aparatos a decenas de millones de kilómetros de aquí, explorando el espacio interestelar.

¿Qué les ha permitido lograr esto? ¿O quiénes? Pues la gente que ha dedicado su vida a la adquisición de conocimiento a través de los siglos. Siempre hemos dependido de estos pocos (proporcionalmente al tamaño de la humanidad) individuos para que hagan avanzar a la ciencia y la tecnología, mientras el resto permanecemos impasibles, ignorantes y culpando a nuestros gobiernos (aunque no siempre sin razón).

Entiendo que, en la mayoría de los sistemas educativos, nos enseñan qué pensar, en lugar de cómo razonar, cómo ser objetivo y a preguntar los porqués de las cosas. Pero seguimos teniendo en nuestros bolsillos un maldito aparatejo con acceso a todo el conocimiento humano, así que el aprendizaje ya es, en esta Era de la Información, una cuestión de voluntad.

Llámenme iluso, pero creo que es posible un mundo en donde quienes se informen, aprendan, luchen por el bien común y la hagan de pedo por todo lo que está mal en él, sean mayoría. Vamos, si mi abuelita vivió en tiempos en que no había ni refrigeradores y sigue viva en estos tiempos, creo que podemos tener esperanzas de ver algo así. Tenemos los medios; ahora sólo falta despertarnos un poco.

martes, 10 de diciembre de 2013

La Changósfera

Imaginemos a un chango cualquiera. Vestido de pirata, o de cilindrero. Lo llamaremos Corazón Alegre, y será nuestra mascota a lo largo de esta entrada de blog. Imagínate su personalidad, su carisma, los trucos que podrías enseñarle... como robar carteras. Imagínate lo triste que te pondrías si Corazón Alegre muriera.

No, por favor. No me hagan vivir su muerte de nuevo.

Ahora, imagínate que tienes cuatro changos más. Los llamaremos Caín, Dr. Zaius, Oribe y Tiracaca. Imagina las distintas personalidades de todos ellos: Tal vez uno es agresivo, otro es cariñoso, otro reservado, y otro simplemente arroja caca todo el tiempo; pero todos son tus amiguitos changos.

Ahora imagina cien changos. Ya no es tan fácil, ¿verdad? ¿Cuántos changos necesitaríamos tener antes de comenzar a olvidar sus nombres? ¿En qué punto, en tu mente, tus queridas mascotas se convierten en un montón de changos sin identidad? Aunque todos y cada uno de ellos sea pelo por pelo tan chango como Corazón Alegre, llegará un punto en el que simplemente te importará un carajo si alguno de ellos muere. ¿Cuál es ese punto? ¿Cuántos changos se necesitan para que deje de importarte?

Recientemente me topé con un estudio (inglich espoquen) hecho hace diez años por un grupo de especialistas en changos (¿changólogos?), quienes descubrieron una relación entre la proporción masa cerebral/corporal y el tamaño de los grupos formados por tal o cual especie de primates. Mientras más masa cerebral con respecto a la corporal, mayores las sociedades construidas. Rebanaron tantos cerebros de chango, que incluso llegaron a tomar un cerebro no analizado y predecir con precisión el tamaño de las tribus formadas por la especie dueña de ese cerebro.

La mayoría de los simios forman grupos de alrededor de 50; cuando el grupo crece más allá de ese número, se divide en dos. Pero resultó que, al analizar el cerebro de un primate un tanto mayor, estimaron que el tamaño ideal para la sociedad de ese animal era como 150. Tal cerebro, por supuesto, pertenecía a un humano.

Probablemente a algún vagabundo que recogieron de la calle.

Me puse a pensar en las implicaciones de una revelación de esa magnitud. Un pensamiento me condujo a otro y a otro, y me abrumaron tanto, que vine aquí a desahogarme, después de varios meses.

Recuerdo que mi abuela paterna, cuando se rompía algún vaso (o envase de caguama), se tomaba todo el tiempo del mundo envolviendo todos los pedazos de vidrio en periódico o cartón. ¿Por qué? Para que el de la basura no se cortara las manos. Joder, ¿quién se preocupa por el chango de la basura? Es decir, está bien que tenga un trabajo importante, y le estamos agradecidos por salvarnos de vivir en una madriguera cavada en nuestros propios desperdicios, pero no te vas a preocupar por él como lo haces por tu mejor amigo, tu novia, o incluso tu perro.

La verdad es que la gente arroja a la basura botellas medio vacías de ácido muriático, sin importarle si al de la basura le llega a caer en los ojos. ¿Por qué? Pues porque el de la basura existe fuera de la Changósfera.

Todos tenemos una changósfera, o esfera personal de changos, la cual consiste en el número de personas que cada uno de nosotros, con nuestros cerebros de chango, somos capaces de conceptualizar como personas. Y si los changólogos están en lo correcto, es físicamente imposible que tal número sea mucho mayor a 150. La mayoría de nosotros no tenemos cabida en nuestra changósfera para el mono que se lleva la basura; pensamos en él simplemente como el mono que se lleva la basura.

No es culpa nuestra, es simplemente la forma en que nuestro cerebro está construido. Todos tenemos cierto círculo de gente en la que pensamos como personas, por lo regular nuestros amigos, familia, vecinos y compañeros de trabajo. Cualquiera fuera de esas pocas docenas de individuos no son personas para nosotros, sino alguna especie de personajes unidimensionales.

¿Recuerdan la primera vez que vieron a algún maestro fuera de la escuela? No sé, a Miss Rosita comiendo tacos de buche en El Diente Fino, o al director saliendo de una sex shop. ¿A poco no fue surreal ver que esa gente tiene una vida fuera del salón de clases?

Por favor, ellos no son personas; son sólo maestros.
Es por eso que "desplazamos" a la gente de nuestras vidas; todos estamos conociendo gente nueva todo el tiempo. Algunos se quedan y otros no, pero los que se quedan terminan desplazando a otros que ya estaban ahí. Sales de la escuela, entras a trabajar, y tu círculo ahora son tus compañeros de trabajo; los de la escuela, salvo un par quizá, quedan en el olvido, seres unidimensionales que ponen fotos de su comida y sus bebés en facebook.

Bueno, ¿entonces está mal tener 1183 amigos en facebook? ¿Al final, cuál es el maldito problema con todo esto? Pues no mucho: Es simplemente la razón por la cual todas nuestras sociedades son disfuncionales.

¿Qué te afectaría más: La muerte de tu mejor amigo, o la de veinte niños de otra ciudad, cuya guardería sin rutas de evacuación adecuadas se incendió? ¿La muerte de tu mamá, o la de mil personas indonesias a causa de un tsunami? Todos ellos son seres humanos, pero mientras más cercanos a tu changósfera, más significan para ti. De manera similar, tu muerte no significará nada para los chinos; o en todo caso, para nadie que esté a más de veinte metros a la redonda de ti en este momento.

"¿Y por qué deberían de importarme estas personas? Ni siquiera los conozco", dirás. Y tendrás toda la razón. Estamos tan programados de esa manera, que hasta parece ridículo comparar la muerte de nuestro mejor amigo con la de desconocidos al otro lado del mundo. Traemos programada la doble moral, una para la gente dentro de nuestra changósfera, otra para el 99.999% de la población mundial que está fuera de ella.

- Maté a un par de policías. ¿Tú mataste a alguien?
- A algunos policías.
- ¿Personas de verdad?
- No. Sólo policías.

Mr. Pink y Mr. White, Perros de Reserva (1992)
Piensen en todo esto la próxima vez que se atoren en el tráfico, cuando comiencen a mentar madres a diestra y siniestra; imaginen actuar de esa manera en un grupo mucho menor. Como por ejemplo en un elevador, con un amigo y dos compañeros de trabajo, y tu amigo presionando el botón equivocado. ¿Cómo te verías gritándole, "APRENDE A USAR UN MALDITO ELEVADOR, IMBÉCIL"? Pensarían que eres un jodido loco. La realidad es que todos nos volvemos un poco locos cuando estamos en grupos mayores a nuestra changósfera; de ahí ese sentimiento de invencibilidad cuando estamos entre la multitud gritándoles improperios a los jugadores de futbol. Por todos lados hay evidencia de la changósfera y su influencia en nosotros. Una vez que empiezas a analizar el comportamiento de la gente en términos de su propia changósfera, ya no puedes dejar de verlo. Como la Matrix, o algo así.

"Pues yo sí soy amable con los extraños. ¿Has considerado la posibilidad de que eres un bastardo insensible por escribir estas estupideces?" Claro, seguramente no te esfuerzas en ser un hijo de puta con los extraños... de la misma manera en que no te esfuerzas en ser un hijo de puta con los perros de la calle.

El problema es que, eventualmente, tus necesidades y las de quienes están dentro de tu changósfera requerirán joderte a alguien fuera de ella. Es por esto que ninguno de nosotros (espero) pensaría jamás en robarle dinero al vecino, pero no nos importa robar el internet, o quedarnos con el cambio de más que nos dan en el Oxxo. Pueden darme las excusas que quieran, pero la realidad es que en nuestros cerebros de chango, el vecino es un ser humano, mientras que la compañía de internet o el Oxxo son frías corporaciones sin rostro, y no grupos de seres humanos con un trabajo similar al tuyo.

Ésa es una de las genialidades detrás de las grandes religiones, por cierto. Los antiguos autores de textos sagrados conocían el concepto de la changósfera (aunque probablemente no la llamaban así), y sabían muy bien que es mucho más fácil adoctrinar extraños a través de un dios personal que nos dice cosas tipo, "Aquéllo que le hagas a tu prójimo, me lo estarás haciendo a mí."

"Y además, puedo aplastarte como a una cucaracha."

Mira las noticias en internet. El gobierno nos está jodiendo, es como una maldita máquina de fornicación lista para follarte mientras se come tu cheque de nómina enterito. No importa que el gobierno esté compuesto por personas, y que el dinero de tus impuestos vaya a dar al bolsillo de personas reales. Del lado contrario, los gobernantes están viendo por su propio beneficio, y por el de quienes están en su propia changósfera, por eso les importa un carajo sacarse más y más impuestos de la manga. Y si protestas, te avientan a los granaderos, cuya changósfera incluye a su jefe y a sus compañeros policías, pero no a ti.

Es imposible preocuparse por seis mil millones de personas. También es imposible que ellas se preocupen por ti. Por eso no les importa robarte el estéreo, aumentarte los impuestos, o mandarte spam de alargadores de pene. Estás fuera de su changósfera. En sus mentes, eres sólo una vaga figura con una cuenta bancaria.

Piensa en Carlos Salinas. ¿Viene a tu mente un calvo imbécil y orejón, regodéandose con los millones que se robó y escribiendo en su castillo irlandés un libro llamado "Cómo saquear un país en seis años y seguir controlándolo después de veinte"? ¿O piensas en un hombre que tiene una comida favorita, una mascota a la que quiere, que disfruta de la música, que tuvo un primer amor en su adolescencia y que probablemente se levanta todas las mañanas con una erección?

"Tus impuestos me ponen los pezones de este tamaño."

Probablemente algo dentro de ti se ofendió con eso. Percibiste eso último como un intento de ser empático con ese ladrón hijo de puta. Con el sólo hecho de imaginar posibles rasgos personales, comenzó a tomar dimensiones y a acercarse a tu changósfera.

La verdad es que ese malnacido merece que lo empalen. Pero la clave para entender a gente como él, es darnos cuenta de que a él no le importaría empalarnos, si con ello obtuviera más ingresos.

"No me jodas. NO somos changos. Estamos explorando Marte, por Dios." Pues sí, somos changos con juguetes avanzados... y también somos la única especie que va a la guerra, aprovechando que tenemos juguetes avanzados para joder a gente con changósferas muy lejanas a la nuestra. Los changos se quedan felices en sus grupos de 50, acicalándose unos a otros, mientras que nosotros nos comportamos como las masas idiotas de mucho más de las 150 personas que nuestros cerebros de chango son capaces de procesar. No vayamos muy lejos, los países más civilizados del planeta están compuestos por comunidades pequeñas, y si acaso dos o tres ciudades "grandes" que son en realidad pueblos comparados con cualquier ciudad "chica" de un país en desarrollo.

Somos una gigantesca y frágil pirámide humana sostenida por grupos de 150 que se intersectan entre sí, quejándonos de nuestro trabajo basura en la línea de producción mientras manejamos un auto que sólo una línea de producción es capaz de producir. Vivimos en una contradicción constante que nos estresa, nos enoja, y hace que nos unamos a clubes clandestinos de pelea en sótanos oscuros.

En el sistema que hemos creado, cada chango busca sus propios plátanos, y mientras cada uno comparta sus plátanos con los seres en su changósfera, el sistema se va a sostener, a pesar de que nadie esté haciendo nada por sostener al sistema; al fin y al cabo, todos estamos en la changósfera de alguien que está en la changósfera de alguien que está en la changósfera de algún político.

Y entonces, ¿qué carajos hacemos? No lo sé. No soy ni politólogo, ni antropólogo, ni changólogo (como Darwin). Pero podríamos comenzar por admitir que somos unos pendejos. Todos lo somos. Tú lo eres. ¿Esa persona molesta, siempre diciendo estupideces, siempre segura de estar en lo correcto? Bueno tú eres esa persona para alguien más. Toma todo tu conocimiento, redúcelo en un 99.999%, y obtendrás el total de lo que realmente conoces fuera de tu changósfera.

El mundo es un lugar complicado. Lo hemos hecho así gracias a que nos reproducimos sin contemplaciones y a que no sabemos cuándo es sano formar dos sociedades a partir de una demasiado grande. Cada nuevo ser trae consigo su propia changósfera que hace al mundo más complicado. No hay superchangos. Hay, tal vez, uno que otro chango sobresaliente, capaces de en verdad preocuparse por conjuntos de personas mayores a 150 (o al menos, fingir muy bien que lo hacen); pero en el fondo, ellos también son unos pendejos y han tenido vidas llenas de estupideces. Un buen ejercicio es imaginarte a tu héroe inconsciente de borracho en la vía pública, desnudo de la cintura hacia abajo; lo más probable es que le haya sucedido en algún punto.

Creo que ya a estas alturas, lo mejor es aprender a vivir con lo que tenemos. Somos los changos más avanzados gracias a nuestra enorme capacidad de adaptación. Ahora que estamos conscientes de la existencia de la changósfera, tal vez algo se nos ocurrirá para solucionar los problemas que nos trae, al menos en lo que comemos los suficientes hongos alucinógenos como para que nuestros cerebros evolucionen y desarrollemos la capacidad de construir sociedades mucho mayores.

En lo que todo  eso sucede, me retiro a mi changósfera. Allí hay cervezas esperándonos a mí, a Corazón Alegre y al resto, y no se van a beber solas.

Dos tragos más y podré ser amigo de unos 250
changos, fácil.

"Una muerte es una tragedia. Un millón de muertes son una estadística."
-- Kevin Federline